“Tod eines Kritikers” Reseña de: «Muerte de un crítico»
Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés
Marcel Reich-Ranicki
En septiembre de 2013, moría en Fráncfort del Meno, el ultimo crítico literario activo que conoció la literatura alemana, decimos: “activo”, para diferenciarlo de la multitud de críticos literarios para los que es más importante publicar largos ensayos sociológicos con intención literaria.
Marcel Reich-Ranicki, era, como sostenía Javier Marías, el “discernidor máximo” de la literatura de su país adoptivo: Alemania y fue temido por los escritores, ya que su crítica se sostenía en leves y sutiles elementos del lector extraordinario que era. De origen judío, nacido en Polonia, adoptó la lengua alemana con todas sus consecuencias: nunca llegó a dominarla. Desde las páginas de los periódicos Die Welt, Die Zeit, Frankfurter Allgemeine Zeitung y desde un programa de televisión: “El cuarteto literario” [Literarischen Quartetts], logró una jerarquía y un lugar importante en la literatura alemana.
Lo recordamos aquí, mediante un episodio que, en su vida de crítico literario, tuvo una singular importancia.
“Tod eines Kritikers” (Muerte de un crítico)
Todo comenzó cuando Martin Walser decidió que su novela: “Muerte de un crítico” (2002) fuera publicada de manera anticipada en el periódico alemán Frankfurter Algemaine Zeitung (FAZ), Franz Schirrmacher, el director del suplemento de cultura del diario se negó a hacerlo, las razones las expuso por escrito en una carta pública dirigida a Walser publicada en el mismo diario. Es esta carta la que despertó toda la crítica alemana contra Walser. En la carta se sostiene que:
«Su novela es una ejecución. Un ajuste de cuentas —¡dejemos de lado el juego del escondite con los nombres ficticios desde el principio!— con Marcel Reich-Ranicki. Trata sobre el asesinato del crítico estrella […] Considero su libro un documento de odio. Y no sé qué me resulta más desconcertante: la compulsividad con la que aborda su tema o el intento de disfrazar la supuesta ruptura de tabúes como farsa y comedia […] Su libro no es más que una fantasía de asesinato […] Ha construido una especie de teatro mecánico en el que es posible saborear el asesinato sin cometerlo. Pero no se trata del asesinato del crítico como tal, como ocurre, por ejemplo, con Tom Stoppard. Se trata del asesinato de un judío […] El “deseo de denigrar”, el “poder de negación”, el repertorio de clichés antisemitas es, por desgracia, inconfundible […]» (Frankfurter Allgemeine Zeitung, 29 de mayo de 2002)
En su autobiografía, Reich-Ranicki cuenta que siendo adolescente y viviendo en Polonia había decidido ser crítico literario especializado en literatura alemana, a la que ha llamado su “patria portátil”. Precisamente sobre la crítica literaria y la función del crítico literario, Reich-Ranicki dice:
“Digámoslo enseguida y con firmeza: quien no está dispuesto a escribir para un amplio público, quien no puede exagerar para llevar las cosas a un extremo, al filo de la navaja, será un útil, quizá incluso un destacado científico literario, pero en la crítica no se le ha perdido nada.” (Humboldt 117: 71). Y agrega: “… de la misma manera que sin Gutenberg no podríamos imaginarnos los periódicos, sin los periódicos no hubiera habido ninguna crítica. Hasta hoy sigue siendo [la crítica literaria] sobre todo una mezcla de periodismo y ciencia.”
El énfasis y la exageración serian pues las pautas de una crítica que realmente intenta mostrar al lector, compartir con él, lo leído, interesarlo o —mejor aún— sorprenderlo. Ahora bien, es sabido que a Reich-Ranicki se le acusaba de haber transformado la estética en una moral: “Lo que no me entretiene, es malo”, “hay que aplastar a quien escribe un libro malo. Eliminación de basuras” (se queja Walser), pero, ¿realmente no es esa la función de la crítica: ¿ser claro, llamar a los libros por su nombre?
La consecuencia de ser consecuente y amar apasionadamente la literatura (Reich-Ranicki, conoció desde muy temprano las obras de Schiller, Goethe, Thomas Mann, Heinrich Heine, después la de los primeros críticos literarios alemanes: Gotthold Ephrain Lessing, Ludwing Dörne, Theodor Fontane) fue que el número de sus enemigos fue aumentando como las ruinas que, asombrado, veía crecer el “ángelus novus” de Walter Benjamin.
Y, entonces, llega la novela de Martin Walser. Uno de los escritores más leídos en Alemania. Allí Walser utiliza a Landolf, un investigador de la Mística (narrador en primera persona) que se entera de que su amigo (Hans Lach) ha sido encarcelado acusado de un asesinato. El muerto es un crítico literario, el “Papa literario” André Ehrl-Köning que ejerce su oficio desde un canal televisivo, el investigador se entera de que de él sólo quedó su jersey ensangrentado ya que no se encontró su cuerpo. Landolf, entonces, viaja a Múnich, lugar del suceso, e interroga a los círculos literarios de allí, de cómo ocurrieron las cosas, luego se retira y comienza a anotar lo que ha escuchado, el ordenamiento que realiza va hilando la cadena de vanidades que rodean a estos círculos. Es posible reconocer a muchas figuras del mundo literario alemán. Pero dedica también páginas a describir la crítica despiadada que realizaba Ehrl-Köning y las consecuencias en el escritor objeto de su crítica: “Ningún ser humano puede estar cercano a ti cuando te sientes humillado. Nadie puede desagraviarte. Existe sólo la falta cometida, nada más.”
Pero, además, Walser dota al personaje de Ehrl-König de características, fácilmente reconocibles, de Reich-Ranicki. A lo largo de muchas páginas se describe las costumbres de su vida y su forma de pensar: sus apariciones en la televisión, sus presentaciones y sus retiradas en incontables “partys”, sus arrogancias y el sadismo que lo caracteriza psicológicamente. Aquí aparecen frases que golpean y hieren, alusiones a citas de Hitler, en el sentido de que por fin (esto es con el asesinato de Ehrl-König), se responde vigorosamente al fuego; y finalmente, una y otra vez, paráfrasis sobre la dicción y pronunciación de la víctima, que en lugar de “deutsch” (alemán) dice “doitsch”, en lugar de “Freund” (amigo) dice “Feroind”, y en vez de “Schriftsteller” (escritor) dice “Schschriftstellerrr”. Tanto realismo mimético no había sido arriesgado ni por Thomas Mann en sus tempranas narraciones, que a veces acababan en lo trivial-grotesco.
Por si fuera poco, Ehrl-König, tiene ancestros judíos, víctimas del holocausto, todas estas señas del personaje, construido por Walser, hicieron pensar a la crítica alemana que Walser pasaba por novela su odio hacia Reich-Ranicki —cuya crítica en un tiempo fue muy dura con él— y un antisemitismo explícito (las alusiones a citas de Hitler).
No hay nada que comprender, nada que profundizar, nada que descubrir, y mucho menos aún para reír. Todo ello es un suplicio, una sátira forzada y atormentada hasta el fin, cuando se descubre que Ehrl-König vive; no ha sido asesinado, simplemente se retiró por unos días a la noble mansión de una amante. Entre tanto Walser se defendió sosteniendo que su novela era “literatura pura” y por ello estaba protegida por las reglas estéticas y nada más. Walser aludía al final feliz de su novela, pero conocer este final no impidió, entre tanto, que el libro de Walser se haya vendido por miles. Así es la literatura.
Epílogo:
Martin Walser, escritor consagrado de Alemania que vivó el siglo veinte con todas sus consecuencias: participó en la segunda guerra mundial y fue activo integrante del denominado Grupo del 47, del que formaban parte entre otros:
El libro de Walser: “Tod eines Kritikers” (Muerte de un crítico) fue publicada a fines del mes de julio de 2002 por la editorial Suhrkamp. La nota de Frank Schiremacher publicada en el diario FAZ, fue traducida al español por la revista Kulturchronick (Nº 4, 2002), donde también aparecieron dos notas, una de Joachin Kaiser y otra de Martin Meyer. También, en el número 137 de Humboldt apareció un texto de Ruth Klüger escrito primero en el Frankfurter Dundschan. Finalmente, Marcel Reich-Ranicki (de)mostró la tradición que lo sustenta como crítico, en su ensayo de agradecimiento al premio Ludwig Börne a la crítica literaria.
Marcel Reich-Ranicki recibió la Medalla Honorífica Ludwig Börne en 2010 y su discurso, titulado "La doble óptica de la crítica", se centró en la función de la crítica literaria, defendiendo la importancia de la libertad y la pasión en la evaluación de la literatura, al tiempo que conectaba su propia vida y perspectiva con el espíritu de Börne, un periodista y crítico del siglo XIX que amaba el presente y la libertad, inspirando a Reich-Ranicki a reflexionar sobre el crítico como un testigo apasionado y comprometido. "Su amor por la literatura sólo es superado por su pasión por la crítica", dijo el presidente de la fundación, Michael Gotthelf, sobre Reich-Ranicki.


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