El amor en (Psico)análisis (Final)
Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés
Publicado por primera vez en: El Juguete Rabioso, año 5, Nº 125, La Paz, marzo 20 de 2005
«¿Qué quiere la mujer?»
Recorrer el amor desde el Psicoanálisis —de orientación lacaniana habrá que decir— nos lleva a la pregunta que daba inicio a estas notas: ¿Qué quiere la mujer?, es decir, que desde el amor siempre derivamos hacia la mujer. Y, como, de acuerdo a Lacan, “La” mujer no existe, ya que algo de ella escapa a la lógica del significante, ya que algo de ella huye a la compleja mirada del hombre, es en el amor donde más la vemos desaparecer, pues, está tan cerca...
Lacan mira esa huida desde el semblante. Jacques-Alain Miller (1) aclara
que el semblante en Psicoanálisis es aquello que tiene la función de
velar la nada, y es una verdad histórica y antropológica que ha sido una
preocupación constante de la humanidad el velar/cubrir a las mujeres
(2). Se tiene que cubrir a las mujeres ya que “La” mujer no se puede
descubrir, así que hay que inventarla y el velo ayuda a crear “una”
mujer (3). Según esto se puede definir que las mujeres son aquellos
sujetos que tienen una relación muy próxima, esencial, con la nada, que
en Freud es la relación con una falta anatómica y, cuando habla de la
maduración femenina, también lo relaciona con el pudor que sería una
manera de velar la ausencia del órgano genital, pero también —y al mismo
tiempo— de crearlo, pues, el pudor dirige la mirada y transforma la
ausencia en algo.
Pero Lacan va más allá, una verdadera mujer construye una distancia subjetiva respecto de su posición de madre. “Porque ser una madre, ser la madre de sus hijos, es para una mujer querer hacerse existir como «La». Hacerse existir como «La» madre es hacerse existir como «La» mujer en tanto que tiene.” (Jacques-Alain Miller). En cambio, una verdadera mujer sólo existe de una en una y en una ocasión y se articula al sacrificio del tener, es decir, asume su propia castración, no es pues el modelo de mujer que todos esperaríamos, ejemplo de esposa o de madre a la que nos tiene acostumbrado cierta ideología. Su modelo es Medea, esa mujer que lo ha sacrificado todo por su hombre: Jasón; aquella que ha traicionado a su padre, a su país, que a consentido en todo por él, Medea era la esposa y la madre perfecta, entonces Jasón le comunica que quiere casarse con otra, con la hija de Creón y a ella le ofrece todo, pero ella rechaza estos dones y elabora su venganza, no será matar al infiel sino a lo que él tenga de más valioso: su nueva esposa y sus propios hijos, y lo hace, mata a sus propios hijos y así en ella la mujer triunfa sobre la madre, toda ella está en aquél acto y ya ninguna palabra sirve, huye al registro del significante.
Jacques-Alain Miller aclara que —de acuerdo a Lacan— el acto de una verdadera mujer tiene la estructura del acto de Medea: “el sacrificio de lo que tiene de más precioso para abrir en el hombre el agujero que no se podrá colmar”, y más adelante continúa diciendo: “Una verdadera mujer explora una zona desconocida, ultrapasa los límites” y actúa con el menos no con el más, consigue hacer del menos un arma poderosa y, además, y esto es muy importante, lo hace por un hombre.
Lacan reconoce el acto de Medea en el acto de la mujer de André Gide, aquella que quemó las cartas de éste y que eran muy valiosas para ambos, dice Lacan: “Pobre Jasón, no reconoce a Medea” y Jacques-Alain Miller disemina: “¡Pobres hombres, que no saben reconocer en sus esposas a las Medeas!”
«Verdaderas mujeres»
Pero, Lacan no solamente dice que “La” mujer no existe, sino dice que hay “verdaderas mujeres”. Veamos. Jacques-Alain Miller comenta que esto se puede entender de maneras distintas, primero, que verdad y mujer tienen algo que ver, puesto que la verdad es distinta del saber y que, además, la verdad tiene estructura de ficción, o sea, depende del semblante; también las mujeres pueden ser ubicadas en el lugar de la verdad para un hombre, “en tanto que reducen las sublimaciones masculinas a mentiras, y que encarnan, en tanto que “La” mujer no existe, el fracaso de su concepto” (Miller, “De Mujeres y ...”, pg. 90).Pero Lacan va más allá, una verdadera mujer construye una distancia subjetiva respecto de su posición de madre. “Porque ser una madre, ser la madre de sus hijos, es para una mujer querer hacerse existir como «La». Hacerse existir como «La» madre es hacerse existir como «La» mujer en tanto que tiene.” (Jacques-Alain Miller). En cambio, una verdadera mujer sólo existe de una en una y en una ocasión y se articula al sacrificio del tener, es decir, asume su propia castración, no es pues el modelo de mujer que todos esperaríamos, ejemplo de esposa o de madre a la que nos tiene acostumbrado cierta ideología. Su modelo es Medea, esa mujer que lo ha sacrificado todo por su hombre: Jasón; aquella que ha traicionado a su padre, a su país, que a consentido en todo por él, Medea era la esposa y la madre perfecta, entonces Jasón le comunica que quiere casarse con otra, con la hija de Creón y a ella le ofrece todo, pero ella rechaza estos dones y elabora su venganza, no será matar al infiel sino a lo que él tenga de más valioso: su nueva esposa y sus propios hijos, y lo hace, mata a sus propios hijos y así en ella la mujer triunfa sobre la madre, toda ella está en aquél acto y ya ninguna palabra sirve, huye al registro del significante.
Jacques-Alain Miller aclara que —de acuerdo a Lacan— el acto de una verdadera mujer tiene la estructura del acto de Medea: “el sacrificio de lo que tiene de más precioso para abrir en el hombre el agujero que no se podrá colmar”, y más adelante continúa diciendo: “Una verdadera mujer explora una zona desconocida, ultrapasa los límites” y actúa con el menos no con el más, consigue hacer del menos un arma poderosa y, además, y esto es muy importante, lo hace por un hombre.
Lacan reconoce el acto de Medea en el acto de la mujer de André Gide, aquella que quemó las cartas de éste y que eran muy valiosas para ambos, dice Lacan: “Pobre Jasón, no reconoce a Medea” y Jacques-Alain Miller disemina: “¡Pobres hombres, que no saben reconocer en sus esposas a las Medeas!”
Notas:
(1) Jacques-Alain Miller. De Mujeres y Semblantes. (Buenos Aires: Cuadernos del Pasador, 2000)
(2) El cubrir el rostro sería un ejemplo paradigmático al respecto y,
para los que creen que esto es propio únicamente de algunos pueblos
árabes, en el N° 138 de la Revista Humboldt, se reproduce una fotografía
que data de 1864/1869 de dos “tapadas”, mujeres que utilizaban saya y
manto cubriéndose el rostro y que pertenecían a la aristocracia limeña.
Se escribe allí que: “El traje permitía que las mujeres pudieran pasear
por la ciudad a solas y sin ser reconocidas, haciendo uso de una
libertad que las exoneraba parcialmente de las estructuras
patriarcales.”
(3) Por otros medios, pero leyendo a Freud, la fenomenología de la
alteridad en Levinas avanza por caminos paralelos al pensamiento
lacaniano sobre la mujer. Para Freud, para Lacan, la mujer es siempre
otra y huye a la simbolización, a cualquier lógica del significante.
Levinas –aunque habla de lo femenino como categoría ontológica más que
como noción de mujer–, sostiene, hablando del Erotismo, que: “Lo
patético del amor consiste en la dualidad insuperable de los seres. Es
una relación con aquello que se nos oculta para siempre” y más adelante,
dice: “El otro en cuanto otro no es aquí un objeto que se torna nuestro
o que se convierte en nosotros: al contrario, se retira en su misterio.
Este misterio de lo femenino –lo femenino, lo esencialmente otro–...”.
Lo femenino huye ante la luz y “la forma de existir de lo femenino
consiste en ocultarse, y el hecho mismo de la ocultación es precisamente
el pudor” y Levinas insiste en que: “La alteridad se realiza en lo
femenino” y que “todo su poder consiste en su alteridad”. Emmanual
Levinas. El Tiempo y el Otro. (Barcelona: Paidós, 1993)


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