LITERATURA: ¿IDEOLOGÍA O CIENCIA? UNA MIRADA DESDE WOLF LEPENIES
Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés
LITERATURA: ¿IDEOLOGÍA O CIENCIA? UNA MIRADA DESDE WOLF LEPENIES
Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés
Introducción
Wolf
Lepenies es un sociólogo alemán que se doctoró, en la Universidad de
Münster, con una tesis sobre el tema de la melancolía, para él “Los
intelectuales oscilan siempre entre la melancolía y la utopía. O bien se
sumen en desesperación frente al mundo, o bien quieren cambiarlo
radicalmente. Cuanto más se piensa tanto menos se llega a la acción
práctica. ” Y, continúa: “Yo quería ser un intelectual activo”
(1) Y qué tan activo es este intelectual podrá atestiguarlo su
rectorado, por quince años, del Colegio Científico de Berlín, sin duda
el más importante de Europa. Gracias a su actividad en esta institución,
consiguió el suficiente apoyo económico para emprender un incomparable
avance en la investigación científica en campos tan diversos como la
filología clásica o la biología teórica. Participó también de la
fundación de entidades similares en otros países europeos, una de ellas
utiliza el antiguo nombre griego: “Ágora” para investigar la forma de
recepción de la antigüedad clásica en las llamadas Ciencias del
Espíritu, lo que busca Ágora es aclarar la autocomprensión intelectual
de Europa y su herencia cultural.
En: Las Tres Culturas. La Sociología entre la literatura y la ciencia,
uno de sus libros más importantes, Lepenies traza un horizonte desde el
cual nos muestra las notables relaciones entre la Literatura y la
Sociología cuando ésta recién hacía su ingreso en el campo intelectual
europeo.
Las tres culturas
En
1956, el escritor C. P. Snow publicaba, en una revista semanal inglesa,
un artículo titulado: “The Two Cultures”. Las “dos culturas” a las que
Snow se refería eran las de los literatos y la de los científicos,
culturas enfrentadas que se disputaban entre sí la mejor perspectiva
para entender al ser humano, Snow mismo estaba involucrado con ambas,
por un lado era un físico especializado y por otro un novelista. Snow
reclamaba a los intelectuales literarios no sólo su pobre conocimiento
de la ciencia sino, y ante todo, que casi todos los escritores que
habían sobresalido en la literatura del siglo XX, como Yeats o Pound, “no sólo eran unos mentecatos políticos sino unos malvados”,
pues no era raro encontrar en sus obras posturas antidemocráticas que
—a su parecer— habían desembocado en Auschwitz. Por eso para Snow la
civilización occidental debía protegerse eliminando la formación
literaria y dando preferencia a la cultura científica. En 1962, un
crítico literario F. R. Leavis, contestó el artículo de Snow,
sosteniendo que éste mostraba la clásica arrogancia naturalista y que
para entender la civilización occidental de la época y la revolución
industrial, no había mejor medio que la Literatura. Quedaba planteada
así, la pugna entre las dos culturas: la literaria y la científica,
quedando en medio una —por entonces— naciente forma de entender la
sociedad: la Sociología, la tercera cultura. (Algunos podrán ver aquí la
contraposición entre las Ciencias Humanas y las Ciencias Naturales,
pero yo no creo que la Literatura represente a las denominadas Ciencias
Humanas, hay otras disciplinas mejor predispuestas a ello, por ejemplo,
el Psicoanálisis).
Este es el nudo o leitmotiv del libro que Wolf Lepenies nos presenta
para entender las relaciones tan diversas como interesantes entre estas
tres culturas, tres culturas que, además, se estudian en tres culturas
europeas: la francesa, la inglesa y la alemana.
En Francia
Lepenies
nos lleva, con un estilo claro y alejado de todos los modismos de la
disciplina y acercándose más bien a la narración literaria, por los
vericuetos abigarrados del pensamiento de carne y hueso, así podemos
apreciar la influencia que tuvo el amor por Clotilde de Vaux en el
August Comte tardío, aquél del: “Systéme de Politique Positive”, en el que abiertamente contradice su famoso: “Curso de Filosofía Positiva”
y lo guía por los caminos de la literatura y la religiosidad. La
“educación sentimental” de Comte le llevó a aceptar la importancia del
estilo y quiso convencerse y convencer de que las inclinaciones
estéticas no estaban reñidas con su misión científica, se podía, a un
tiempo, “hechizar a la humanidad y mejorarla”.
Esta tensión entre literatura y ciencia que se manifestaba de una manera
personal en Comte, era, al mismo tiempo, representativa de un malestar
que se iría desarrollando después, en el interior de los claustros de la
afamada Sorbona.
A fines del siglo XIX y principios del XX, la Sorbona había sido
transformada radicalmente por los republicanos, introduciendo —de la
mano de Durkheim— esa rara ciencia de lo social denominada por Comte:
Sociología. Contra esta reforma de la Universidad se alzaban quienes
combatían a la república, algunos de cuyos representantes, firmando bajo
el seudónimo de Agathon, editaron un folleto en el que arremetían
contra la sociología, “esa disciplina de nuevos ricos”, que sólo
con astucia se había colado en la universidad, convirtiéndose en una
asignatura de moda. Agathon se quejaba de que antes, los estudiantes
podían contar con espacios donde podían leer los clásicos, cuya lectura
era, además, obligatoria, y que la reforma transformó en “laboratorios
de filosofía francesa” donde dominaba el culto por las tarjetas y los
ficheros, ya no se leían a Moliére o a Racine, sino solamente los
registros de sus fuentes, ediciones y comentarios, la Sorbona se había
convertido en un restaurante donde se podían comer las listas de los
platos. La literatura y la formación del gusto habían pasado a un
segundo plano desplazadas por la labor científica, donde dominaba el
“método científico”. Al final, perdió Agathon y ganó.., Durkheim.
En Inglaterra
Si
en Francia la pugna entre Literatura y Ciencia tomaba ése rumbo. Otra
cosa sucedía en Inglaterra. En la disputa entre Snow y Leavis sobre la
predominancia de la interpretación literaria o la del conocimiento
científico, se entreveía otra pelea más célebre, la que se llevó a cabo
entre Matthew Arnold y Thomas Henry Huxley, en el último tercio del
siglo XIX.
En la contienda entre “literatos” y “científicos”, Arnold se inclinaba por los primeros, pues insistía en que “se
producía buena literatura no porque la humanidad se decidiera a hacerlo
en forma reflexiva y consciente, sino porque era obligada a ello por un
instinto de autoconservación” (2). Para Matthew Arnold el vigor de
la poesía estaba en su fuerza representativa y reveladora del mundo,
mientras que la ciencia nunca había abordado al hombre completo, por eso
“no fueron Linneo, Cavendish ni Cuvier quienes le transmitieron un
indicio de dónde residía el verdadero misterio de la naturaleza, sino
Shakespeare, Wordsworth y Keats, Chateaubriand y Senancourt “ (3).
Sin embargo, Huxley no tenía por qué sentirse aludido por los
comentarios de Arnold, pues él mismo era partidario de complementar los
conocimientos científicos con los literarios. Para Huxley la Literatura
no sólo tenía un interés estético, sino un gran contenido intelectual y
la poesía de un pueblo podía ser leída como capítulos de la historia del
pensamiento humano. Pero, la intención de Matthew Arnold no era tanto
defender la literatura frente a las ciencias naturales, sino arremeter
contra la sociología de la que también Huxley era partidario. Para
Arnold la sociología amenazaba con convertirse en competidora de la
crítica literaria, y no se equivocaba, pues, después de la segunda
guerra mundial nacía en Inglaterra ese híbrido entre sociología y
crítica literaria denominado: “Cultural Studies”.
En Alemania
En
Alemania se origina, con la aparición de la Sociología, un fenómeno
singular, Lepenies nos lo narra con parsimonia y detalladamente como
sería de esperar. Veamos. Si algo caracterizaba a Alemania hasta
principios del siglo XX, y que podemos rastrear como la “ideología
alemana”, es la terquedad en “(…) contraponer el romanticismo a la
ilustración, el estado de los gremios a la sociedad industrial, la edad
media a la moderna, la cultura a la civilización, la intimidad al mundo
exterior, la comunidad a la sociedad y el ánimo a intelecto, para llegar
finalmente a la glorificación de un camino especial alemán y al
enaltecimiento del germanismo” (4).
Esta tesitura mostraba su rasgo más sobresaliente en la posición del
poeta, pues éste representaba lo verdaderamente humano, del que Goethe
era su encarnación ya que en él se juntaban, armoniosamente, las
características de una vida bien vivida y el genio creativo e iluminado.
Bajo este marco ideológico no es raro que en Alemania existiera una
hostilidad contra la ciencia, alimentada por la sospecha de Nietzsche de
que la ciencia se había alejado de la vida. Ahora bien, en esta demanda
de vida en la ciencia se proyecta una crítica al racionalismo
proveniente de la Ilustración Francesa, que queda resumida en una frase
que podría ser a la vez la síntesis del pensamiento alemán hasta antes
de la segunda guerra mundial y que Lepenies escribe con seguridad: “No se debe saber lo que no se pueda vivir.”
Lepenies, también sugiere, esta vez con cierta inseguridad, que esta
filosofía de la vida ayudó a preparar el camino de Alemania hacia el
nacismo.
Esta contradicción entre intuición y ciencia, entre poesía y ciencia se
exacerba, en Alemania, con el Círculo de George, del que nos ocuparemos
más adelante. Pero lo que nos llama la atención es que, en esta
contradicción inicial, también entra en juego la oposición entre poesía y
literatura. En Alemania la poesía se separa de la obra del escritor y
del cuerpo literario, también existen posiciones similares en Francia e
Inglaterra pero no con la severidad con que ocurre en Alemania. Y este
es uno de los rasgos con el que podemos distinguir las culturas
intelectuales de Francia y Alemania que se encuentran reflejadas en las
opiniones de Walter Benjamin y Stefan George, para el primero, Francia
es apreciada porque no contrapone poesía y obra del escritor, para el
segundo, “Francia ciertamente tiene “littérature”, pero no tiene poesía”.
En Alemania se distinguía al literato del poeta. Y los que intentaron
separar con mayor firmeza al poeta del escritor fueron Stefan George y
sus seguidores, el Círculo de George consideraba que desde la muerte de
Goethe el idioma alemán había pasado a ser botín de guerra, la misión de
George era restituirlo y protegerlo, para esto hacía falta ensanchar la
grieta que había entre poesía y literatura. Grieta que debía ser un
abismo insalvable puesto que, según Friedrich Gundolf, uno de los
partidarios más avanzados de George, el idioma era al mismo tiempo, un
fenómeno de la sociedad y de la naturaleza, así la literatura pertenecía
a la sociedad y con ella al escritor, en cambio, la poesía pertenecía a
la naturaleza de la que el poeta era su escriba. George mismo
personificaba al prototipo del poeta religioso, radicalmente diferente
del homo sapiens, las necesidades cotidianas le eran indiferentes,
hombre sin Tiempo, para sustentarse podía recurrir a cualquier oficio
menos al de escritor.
La posición del poeta, según el Círculo de George, era la de un ser
elemental que se distinguía porque existía, vivía una vida verdadera, y
ni siquiera publicar le estaba permitido al verdadero poeta (la edición
de los poemas de George no alcanzaban sino a unos cuantos ejemplares que
leían sólo sus más allegados y otra gente escogida), pero sus
composiciones debían alcanzar esa revelación última de los misterios
naturales: “Los versos auténticos siempre son signos de ritmos primarios del mundo” (5).
Era casi una obligación esta manera de ver la diferencia entre la poesía
y la literatura, incluso diferenciarla de lo estético, pues “[había]
bastantes literatos y de sobra en el mundo, en cambio la verdadera
poesía amenazaba extinguirse, siendo característica y distinción del ser
humano” (6).
Las ideas de George no sólo tuvieron seguidores incondicionales, sino
también, por supuesto, adversarios, dos de ellos altamente renombrados:
Hugo von Hofmannsthal y Thomas Mann.
Hofmannsthal estaba de acuerdo con la idea de que la poesía era algo más que crítica, filosofía o estética, era “vida y nacimiento de la vida”
pero, al mismo tiempo, consideraba que no había un camino directo que
llevara de la poesía a la vida ni viceversa, por lo que le resultaba
extraño que la vida se pareciera a una obra de arte. En un discurso
pronunciado en 1927 en la Universidad de Munich, Hofmannsthal habló de
la literatura y no de la poesía como espacio espiritual de Alemania,
revalorizando así al escritor, al literato y al periodista, de esa
manera Hofmannsthal, reconocido como poeta, redujo el abismo entre el
poeta y el escritor.
El que, sin embargo, casi logró finalizar el debate y cerrar de una vez
por todas la brecha entre lo poético y lo literario fue Thomas Mann. En
su ensayo: “El artista y el literato”, de 1913 sostiene que, a
diferencia del artista falto de responsabilidad, el literato es el
conocedor de almas igual que el “philosophe”, aquél intelectual
ilustrado de la Francia del siglo XVIII que defendía sus causas
escribiendo. “Pues ¿qué otra cosa fue la Ilustración sino “filantropía y arte de escribir”, la convicción de que escribir bellamente era pensar con corrección y por lo tanto actuar también en buena forma?” (7).
Esta idea podía ser suscrita no sólo en Alemania sino también en Francia
y en Inglaterra, era europea en suma y eso era Thomas Mann: un
intelectual europeo más que un escritor alemán. Además —sostiene
Lepenies— en Mann luchaban el poeta y el escritor pues, en sus obras,
sus héroes añoran disimuladamente lo acrobático y la irresponsabilidad,
en ellos también están en lucha el apego alemán al mito y la
entronización del Dios Razón de los franceses.
Notas
(1) Wolf Lepeneis: un intelectual que actúa. En Kulturchronik, No 5, 2001.
(2) Wolf Lepeneis. Las Tres culturas. La sociología entre la literatura y la ciencia. Trad. julio Colón. (México: Fondo de Cultura Económica, 1994) Pág. 161.
(3) Id. 161.
(4) Id. 216.
(5) Friedrich Gundolf, citado por Lepenies, Las tres Culturas. Pág. 236.
(6) Id. 236.
(7) Thomas Mann, citado por Lepenies, pág. 241.


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