Psicoanálisis y Feminismo II: Luce Irigaray, “Espéculo de la otra mujer”
Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés
De anatemas
Sobre el libro de Luce Irigaray, “Espéculo de la otra mujer” (1) (Speculum de l´autre femme, Les Éditiones
de Minuit, 1974), que en verdad es su tesis de doctorado en filosofía,
pesaba un anatema lanzado nada menos que por Jacques Lacan; por
supuesto, esto provocó que los ejemplares de la primera edición francesa
se agotaran rápidamente, al español se tradujo recientemente por
Ediciones Akal en 2007.
El anatema era doble, por una parte, Lacan llamó “ordure”
(basura) a las críticas que Irigaray desplegó en su libro a lo que ella
denominaba, siguiendo en este punto a Derrida, el falocentrismo de
Lacan; por otra parte, fue expulsada de la Ecole Freudienne du Paris, de la que fue una de las fundadoras.
¿Qué había llevado a Lacan a soltar tan dura expresión? A finales de los años 60, Lacan entró en contacto con las críticas de “falocentrismo”
que le imputaban a Freud, así como su desconocimiento de la existencia
de “dos” sexos (Freud habría dicho que no hay más que una libido, la
masculina), la acción venía del Movimiento de Liberación Femenina que
interesaba a Lacan, sin embargo, no tardó en decepcionarse del discurso
político que enmarcaba cualquier acercamiento a la “cuestión femenina”.
Él, al igual que había hecho Freud en su tiempo, pedía que las analistas
dijeran algo al respecto sin encontrar respuesta o, más bien, la
respuesta le llegó desde la visión marxista-feminista de su discípula
Luce Irigaray que, llamaba tanto a Freud como a Lacan: “falocentrista”.
Esto provocó que Lacan pidiera su expulsión de la Ecole y quedara, para
él, cerrada la cuestión feminista.
El Speculum de Irigaray
El libro “Espéculo de la otra mujer” se divide en tres partes:
A. La lectura que realiza del texto: “La feminidad” de Freud y que titula: El punto ciego de un viejo sueño de simetría.
B. La lectura que hace del seminario de Lacan, tomándolo como una “teoría del sujeto”, que titula: Espéculo, palabra que nos retrotrae al “estadio del espejo” de Lacan.
C. La tercera parte del libro es, en verdad, la más interesante, se
trata de una lectura erudita del banquete de Platón y titula: La ὑστέρα de Platón. (La hystera, matriz, útero/caverna de Platón).
Irigaray, dedicada a la lingüística, escribe el libro oscilando entre
las connotaciones de la metáfora y la falsa similitud de las palabras
denominadas “sinónimas”. En su escritura aparece mucho la crítica
derridiana a las oposiciones: activo/pasivo, interior/exterior, etc.,
que Derrida consideraba oposiciones metafísicas.
A pesar suyo, o no, se sitúa muy cerca de la búsqueda de estilo de
escritura de Lacan, busca los giros inesperados, las extrapolaciones
apenas visibles, utiliza las redundancias, en una nota al comienzo,
advierte:
“[…] que cada uno/a, muerto o vivo, se reconozca a sí (como) mismo en
el texto con arreglo a su deseo, su placer, incluso con paródicas
mayúsculas.”
Dejar un espacio abierto por la escritura al deseo del lector, ahí
descansa el estilo de la autora y se mueve, a su vez, por
“adentro/fuera” de la “teoría”.
“Hacer” de hombre y “hacer” de mujer
En la primera parte de su libro, Luce Irigaray se enfrenta al Freud del ensayo: “La feminidad”
y lo hace de una manera muy original, intercalando sus propios
comentarios con los de Freud, no intenta refutarlo —como tantas otras—
mediante el uso de la proposición contraria, sino entrometerse en el
texto freudiano para horadarlo desde dentro o desde fuera o, quizá,
siguiendo a Lacan, transitando por una banda de Moebius. No se sabe si
está “adentro” o “afuera” del texto de Freud o, “adentro” o “afuera” de
su teoría (de Freud).
Pero tratemos algo que seguramente no sería del agrado de Luce Irigaray: poner en orden su discurso.
Veamos los argumentos de Freud en relación a la feminidad que Irigaray
traerá a la crítica. Freud, en su trabajo en la clínica descubre las
pulsiones (Trieb) como parciales, de allí su visión del infante
humano como “polimorfo perverso”. El cachorro humano crea teorías de la
relación de los sexos, ya que se pregunta respecto de los padres: ¿por
qué están juntos?, en la estructura del Edipo, la pregunta sería: ¿Mis
padres, es uno… o, es dos?, se trata de una cuestión de identidad y
diferencia, que es al mismo tiempo, la del lenguaje, la del
significante: si un significante representa a un sujeto para otro
significante, entonces: S1 … S2 ¿es uno o, es dos?
Como no hay salida respecto del lenguaje ya que no hay metalenguaje, el
cachorro humano, frente a los padres, frente a la lengua, inventa
teorías sexuales para sostener lo que encuentra. Freud descubre que es
sumamente importante que el niño, sin importar su sexo biológico,
sostenga que su mamá tiene un “hace pipí”, que no es, como se pensaría
de inmediato, la proposición universal: “todo el mundo tiene un pene”,
sino una muy distinta: “mi mamá tiene un «hace pipí» (pene), porque es
humana”, es “necesario” que tenga uno. Es decir, el falo es un operador
lógico con una función, hacer una discriminación entre el Uno y el Dos,
por eso “el falo es una ficción”, un semblante estructurado por el
lenguaje.
Ahora bien, esta construcción, esta respuesta frente a los padres no
dice nada de la diferencia entre hombre y mujer. Freud se da cuenta que
algo prevalece, un significante único, el falo (pene llama él) y
construye una lógica entre tener o no tener el falo y propone su tesis
mayor, la libido tiene un principio dinámico: la falta fálica. Existe la
amenaza de perderlo en aquél que lo tiene y existe la envidia de
tenerlo en aquella que no lo tiene, base de toda identidad sexual. Este
es el complejo de castración, la subjetivación del complejo de
castración hace que el sujeto camine por las vías del deseo y las
identificaciones con las que podrá construir maneras de relacionarse con
el Otro sexo como hombre o como mujer.
Respecto de la mujer, la envidia de pene tiene tres evoluciones
posibles, pero sólo una, a los ojos de Freud (objeto de toda crítica
feminista) es la que da la “verdadera feminidad”. Fuera del apéndice
fálico que distinguirá anatómicamente a los que lo tienen como hombres y
a los que no lo tienen como mujeres, Freud desnaturaliza la
diferenciación sexual sosteniendo: “no todas, son mujeres”, porque la
verdadera feminidad (aquí introduce lo que Lacan denomina la
“significación del falo”) deriva de su “ser castrado”, o, en otras
palabras, se es mujer cuando la falta fálica incita a dirigirse hacia el
amor de un hombre.
Jacques Lacan acompañará esta manera de diferenciar a los seres
sexuados, con una “ligera” variación, para Lacan el pene deviene falo,
como significante de la falta, que también representa la “falta en ser”
de todo sujeto, esa distinción o barrera que existe entre el sujeto de
la enunciación y el sujeto del enunciado, en el lenguaje esto se perfila
en la utilización del pronombre personal “Yo”. Así, la dicotomía de
tener o no tener el pene, pasa a “ser” o “tener” el falo, ser el falo o
tener el falo no hacen un hombre o una mujer sino por conversión, al
“ser” el falo la mujer es llamada al lugar del objeto, la mujer llega a
ser lo que no tiene.
Lacan, al igual que Freud, se mostrará interesado en los aportes que
podrían realizar las analistas, e igual que él, se quedó esperando
infructuosamente, Lacan también se interesó en Movimiento de Liberación
Femenina, hasta que ocurrió el libro de Luce Irigaray, que marca una
ruptura total, a partir de ese momento, Lacan no se interesará más por
las posiciones feministas.
El viejo sueño de Freud
El
viejo sueño de Freud es —sostiene Irigaray— la búsqueda metafísica de
simetría; apoyándose en la deconstrucción derridiana, critica la lógica
dicotómica de Freud utilizado para analizar el “devenir mujer”, aquella
en que se basa la analogía, la comparación, la simetría, adentro/afuera,
tener/no tener, etc., lógica que proviene de la metafísica occidental.
El viejo sueño de simetría, viejo, ya que provendría de la filosofía
clásica, llevaría a Freud a que, no habiendo más que una libido, la
masculina, los individuos de ambos sexos atraviesen de la misma manera
los primeros estadios de la libido. Así, la niña es un “hombrecito” que
después deviene en mujer, la niña buscaría entonces, un equivalente
posible del pene, ella lo encontraría en el clítoris, pene más pequeño.
Esta mirada freudiana no ve —de acuerdo a Irigaray— que la niña obtiene
placer también por el tacto, la caricia, es decir, de otros lugares de
su cuerpo y que no necesariamente únicamente del clítoris, como
equivalente del pene.
Freud haría hincapié en el clítoris como zona erógena preponderante
gracias a su sueño de simetría, este sueño le impediría responder o, aún
más, plantear las preguntas que sí se hace Irigaray:
¿Por qué Freud quiere que sólo el clítoris se vea afectado por la
masturbación de la niña pequeña, contra toda evidencia por lo demás?
¿Por qué llamar estadio “fálico”, para la niña pequeña, a un momento en
el que el descubrimiento por parte de ésta de su sensibilidad erógena es
o sería tan parcial, tan pobre? ¿Y por qué no considerar más que
aquellas [zonas erógenas] que tendrían su fiador, su razón de ser, en el
sexo masculino? (Irigaray, pág. 22)
Así, pues, tanto el niño como la niña, hacen lo mismo en el “estadio
fálico”, sin embargo, en la niña, ese estadio no es estacionario, la
importancia del clítoris como zona erógena debe ceder toda o
parcialmente su importancia a la vagina, esta sería la primera
dificultad en su “devenir mujer”.
La segunda dificultad que se presenta a la niña en su camino a ser
mujer, es lo que Irigaray llama “cambio de objeto”. Si, para el niño, el
amor por la madre permanecería durante toda su vida, la niña tiene que
re-direccionar su amor hacia el padre. Devenir mujer entrañaría
entonces, cambiar de zona erógena y cambiar de objeto.
El lector se pregunta entonces: ¿Dónde queda entonces el sueño de
simetría de Freud? Ya que la niña, al “devenir” (Irigaray hace una
utilización repetitiva de este término, según parece, resaltando su
origen evolucionista) mujer se apartaría de la similitud con el varón.
Pero Luce Irigaray prescindiendo de esta objeción a su tesis central, responde:
“Así, pues, se trataría para la mujer de renunciar a su primer objeto
de amor para ajustarse al del hombre. De no tener ya más deseo que el
de ser lo más semejante posible al objeto de siempre del deseo del hombre, de tal suerte que su placer es correlativo del éxito de esa operación. No habrá, pues, más que un tropismo y un objeto de deseo o de placer en juego y, no una relación, un juego, entre dos deseos.” (Irigaray, pág. 24)
Por supuesto, para Irigaray, lo que se propone para los dos sexos no es
el mismo recorrido, a la niña se le exige —para devenir mujer— que deje
atrás el origen de su propio deseo y se “someta” (la palabra es
excesiva, pero utilizada por Irigaray) al deseo del hombre. La mujer
debe dejar, entonces, las marcas de su ascendencia y adoptar las del
marido, abandonar su casa, su nombre, su árbol genealógico por el del
partenaire.
“Detalles” y particularidades de la mujer de acuerdo a Freud leído por Luce Irigaray
Como Freud, en su ensayo “La Feminidad”
no tiene la intención de describir todo el desarrollo del devenir
mujer, al terminar, enumera algunos “detalles” y “particularidades” de
la feminidad, duramente criticado por Luce Irigaray.
Pasemos primero a tal enumeración:
1. El narcicismo femenino está más desarrollado, su necesidad de ser amada es mayor que la de amar.
2. La vanidad corporal de la mujer viene como compensación de su “inferioridad sexual”.
3. El “pudor” que es específicamente femenino, tuvo un fin primitivo:
“disimular el carácter defectuoso de los órganos genitales”.
4. Las mujeres desarrollaron el tejido, el trenzado como su única
contribución a la historia de la civilización. Esta tiene un origen
inconsciente: el vello púbico que oculta los genitales de la mujer y que
forma un fieltro.
5. El predominio de la envidia de pene, tiene su correspondencia en su poco sentido de la justicia.
6. “Las mujeres tiene menos interese sociales que los hombres”.
7. En las mujeres “la facultad de sublimar los instintos queda más debilitado”.
8. La mujer treinta años, en comparación con un hombre de treinta años,
es incapaz de cambiar, adopta posiciones fijas, inmutables, su
“devenir” mujer ha agotado todas sus posibilidades.
Esta es la lectura y el acotamiento que realiza Irigaray, habrá que
confrontarlo con el texto freudiano, pero, además, también, con otras
lecturas posteriores, por ejemplo, con las que realiza Lacan, este punto
tiene su validez ya que Luce Irigaray, aprovecha esta su crítica a
Freud para atacar los desarrollos teóricos posteriores de Lacan.
Veamos ahora la respuesta, que anticipamos durísima de esta filósofa y psicoanalista.
1. La primera afirmación de Freud es puesta entre signos de
interrogación: “¿La mujer tiene que optar realmente entre «amar» y «ser
amada»?”. Irigaray responde sí, pero no. Efectivamente la elección de
objeto femenina corresponde a lo que se observa en la clínica, pero,
debido a la presión de pasividad que se ejerce sobre ella, que la lleva
al polo “objetivo”, así —dice Irigaray, esta vez siguiendo a Lacan, sin
nombrarlo— rigurosamente, la mujer no elegirá un “objeto de amor”, sino
que intentará ser deseada por un “sujeto” como “objeto”.
2. En cuanto a la “envidia de pene”, Irigaray la admite, con el
planteamiento de si de verdad la mujer tiene elección entre ser y no ser
envidiosa de su cuerpo, que tiene como exigencia en su “devenir” mujer.
“De esta suerte, la «feminidad» estaría implicada en un proceso
circular: al no tenerlo, ella tendrá el deseo de tenerlo, puesto que es
el garante del intercambio sexual [Irigaray no utiliza la expresión:
“relación sexual”, ya que en esta época ya Lacan había enunciado: “no
hay relación sexual”], pero ella no lo tiene para que mediante su
«envidia», refuerce el crédito, la cotización de ese «equivalente
general»” (Irigaray, pág. 101)
3. Irigaray acepta el “pudor” como “recordatorio invertido del
compromiso y la negación que operan en la elaboración del fetiche”.
4. El “pudor” tiene relación con el tejido que sirve para velarlo. La
mujer teje para taparse, es la envoltura —aquí Irigaray recurre a Marx
por primera vez— que preserva el “valor” de toda apreciación. No está
equivocado, pues, Freud, pero, añade, que en realidad lo que queda
velado por el tejido es la “diferencia” (con toda la fuerza de este
término derridiano) que como se sabe desde Marx, permite intercambiar
“productos” sin el saber de su valor efectivo.
“[L]a mujer teje para sostener la negación de su sexo”, con todas las
connotaciones que van desde Penélope y la misma Irigaray que teje un
texto.
Pero, al mismo tiempo, el velo tiene otra función, al proteger de ver la
falta de pene en la madre, niega también a la mujer su potencia sexual,
la potencia de su goce.
5. Ya que la mujer no habría elaborado su “envidia de pene”, tampoco
habría tenido un ingreso al “sentimiento de equidad”, sostiene Irigaray,
reafirmando a Freud, con la salvedad que —una vez más tomando a Marx—
las mujeres no habrían entrado en la práctica de la circulación de
mercancías, sino como mercancía y “si las mercancías pudieran hablar”
mucho nos dirían de su “envidia” o de su “estimación de precios” de
ellas.
La mujer, al no poseer un alto grado del sentido de la justicia,
intentaría dar vuelta las cosas, adueñarse de los privilegios del
hombre, como pensaban algunas feministas a las que Freud impugnara y que
Irigaray sostiene pero impugnando, a su vez, las razones de Freud.
6. Si la mujer tiene, evidentemente, menos “intereses sociales” que
el hombre, Irigaray se pregunta: “¿Y por qué tendrían que interesarse
por una sociedad que no les interesa?” (Irigaray, pág. 106). Una
sociedad en la que ellas no disponen de una moneda de cambio que pueda
intercambiarse con el otro o los otros.
Recurriendo una vez más a Marx, Irigaray se pregunta: “¿qué
infraestructura económica domina la concepción del papel de la mujer en
Freud?” (Irigaray, pág. 107). Ella misma responde que la misoginia (¿de
Freud?) es un “aval ideológico” de los regímenes de propiedad y de
explotación, antes Irigaray había citado a Marx que define la relación
del hombre con la mujer como paradigma de la explotación.
Irigaray, con mayor contundencia, ya que en este punto estamos frente a
un Freud con grandes carencias de “conocimiento sociológico”, aprovecha
este flanco y le impugna, ayudada por “El origen de familia, la
propiedad privada y el Estado” de Engels, que: “La mujer se convirtió en
una primera sirvienta apartada de la participación en la producción
social” con el nacimiento de la familia individual monogámica. Sin
embargo, Irigaray es consciente de que Freud describe un estado de hecho
y no se equivoca, pero le parece que lo enuncia como normativo.
7. Si la mujer tiene una débil facultad de sublimación, se debe tanto
a las modalidades y condiciones de sublimación en sí mismas, como al
proceso de “devenir mujer”, en el que el superyó funciona de tal manera
que no favorece la sublimación, ya que el superyó de referencia es
siempre viril. Ella, la mujer, con su “envidia de pene”, sólo está
predispuesta a la “protesta viril”, “desvalorizada” ha reprimido su
energía pulsional, quedándole muy poco para las actividades de
sublimación. Por otra parte, la “continencia libidinal” sería la forma
de sublimación que se exige a la mujer.
8. Finalmente, Irigaray contesta al “mito literario: la mujer de treinta años”.
Si Freud sostenía que en una mujer de treinta años observa que su
libido, una vez que ha adoptado posiciones definitivas, es incapaz de
cambiar, Luce Irigaray sostiene que no hay “libido femenina” y que, por
lo demás, habría que preguntarse qué se quiere decir con la expresión:
“posiciones definitivas”, que estarían culturalmente determinadas, que
sólo se podrían modificar por medio de revoluciones, de las que una
mujer no puede ser su único agente, así pues, no es que “la mujer de
treinta años” sea incapaz de cambiar la posición de su libido, sino que
éstas le fueron prescritas por la cultura y pesan en ella como formas
inamovibles salvo una revolución cultural.
He aquí, en su espectáculo, el Espéculo de la otra mujer, con
toda su carga de feminismo duro, presentando a la “otra mujer”, desde el
espejo cóncavo de la mirada de Luce Irigaray, que teje y desteje un
hilo que no sería el de Ariadna.
Bibliografía citada y no citada
Luce Irigaray. Espéculo de la otra mujer. Trad. Raúl Sánchez Cedillo. (Madrid: Ediciones Akal; 2007)
Sigmund Freud. La feminidad. En: Obras Completas V. 22. Trad. José Luis Etchebery. (Buenos aires: Amorrortu Editores; 1991)
Jacques Derrida. La farmacia de Platón. En: Diseminación. Trad. José Martin Arancibia. (Madrid: Editorial Fundamentos, 1997)
Jean-Michel Vappereau. ¿Es uno… o, es dos? (Argentina: Ediciones Kliné; 1997)
Colette Soler. Lo que Lacan dijo de las mujeres. Trad. Ana Palacios. (Buenos Aires: Paidós; 2006)
Helen Cixous. La risa de la medusa. Prólogo y traducción de Ana María Moix. (Barcelona: Editorial Anthropos; 1995)
Jean Baudrillard. De la seducción. Trad. Elena Benarroch. (Madrid: Cátedra; 1989)


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