Mary Garden (1874-1967) en el papel de Mélisande. Wikimedia Commons
El amor en la literatura (primera parte)
Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés
El acceso al amor: una mujer
Nos encontramos aquí con la estructura del amor. Así como para que un cuento sea verosímil debe poseer concordancia con lo que nos toca vivir diariamente, porque nuestra mente ha ido conformando esquemas de la realidad (y la realidad es fantasmática) que nos dicen qué debemos encontrar o qué necesitamos encontrar en un cuento convencional, por ejemplo: el contexto espacial y temporal, o que la historia arranque de una situación inicial que cambie las condiciones del mundo previamente presentado, etc.; de la misma manera, una historia de amor debe poseer tal estructura que engarce con la forma del amor de un hombre o de una mujer. Pero, claro, como si de nada se tratara se dice: la forma del amor de un hombre o de una mujer, pero en ¿qué consiste esa forma? Asumo una hipótesis: que la respuesta la tiene el Psicoanálisis de lectura lacaniana. Jacques Lacan fue el que trabajó intensamente sobre el deseo y el goce, sobre la forma del amor que configuran el hombre y la mujer y ese trabajo muy bien puede ayudarnos a entender la estructura de las historias de amor.
Lacan: Doctor Corazón
Jacques-Alain
Miller, el máximo exégeta de Lacan, señala que éste se separa de la vía
trágica de Freud, quien recurría siempre a los griegos. En sus
Escritos, Lacan sostiene que en la época moderna la tragedia no tiene
sentido, porque en la sociedad moderna se produce la irrisión del
progreso, en la época moderna lo cómico es más verdadero que lo trágico.
Por ejemplo, seguramente hay tragedia y sufrimiento en un análisis,
pero el final de un análisis sólo llega cuando lo trágico se transforma
en comedia, si no fuera así nadie contaría su historia a otros, hay que
transformar la tragedia en una buena historia para contarla a otros.
Ahora bien, la parodia es una forma de la comedia y Lacan decía que no
le atemorizaba presentar su propia obra como una parodia de Freud.
Parodia, canto segundo que acompaña a un canto primero. Parodia,
imitación burlesca de una obra seria. Nos explica Miller. Lacan: Doctor
Corazón, decimos nosotros.
Y lo decimos porque, aunque Lacan nunca se
ocupó de escribir una erótica, sí dio un consejo a los hombres respecto
de una mujer, consejo fundamental para entender cuál es la forma del
amor de un hombre y cuál el de una mujer, asunto este que ahora nos
convoca y que nos ha hecho dar este largo rodeo. El consejo se presenta
en los Escritos, ahí dice: ”Tal es la mujer detrás de su velo: es la
ausencia de pene la que la hace falo, objeto del deseo. Evocad esa
ausencia de una manera más precisa haciéndole llevar un lindo postizo
bajo un disfraz de baile, y me diréis qué tal, o más bien me lo dirá
ella: el efecto está garantizado 100%, queremos decir ante hombres sin
ambages.” Consejo que nosotros parodiamos como: Dejad que las mujeres
pavoneen su alteridad, no las marcas de la propiedad, no las marcas de
la conformidad, no las marcas de lo mismo. Porque la mujer es plena
alteridad.
La mujer es siempre otra, llena de misterios, extranjera, enemiga –dice
Freud–, ello se explica por el tabú general de la virginidad para la
mujer y no para el hombre. Quizá el que sean otras que ellas mismas,
explicaría –dice Miller– el hecho de que las mujeres tarden tanto frente
al espejo, pues necesitan un esfuerzo para reconocerse en él, o para
asegurarse de ser otras.
Tal vez alguno se pregunte: ¿Por qué —al tratar sobre el amor— hemos derivado hacia las mujeres?
Porque son las mujeres los sujetos —dice Freud— que siempre se han ocupado por la sexualidad, por el amor, el deseo, el goce; la preocupación de los hombres sobre estos temas es muy reciente (podríamos localizarlo en la edad media con la pregunta sobre al amor a Dios) y, si queremos dilucidar el papel de las estructuras amorosas o las lógicas de la vida amorosa, como dice Miller, tenemos que seguir las huellas del amor femenino.
El amor femenino: El caso Mélisande
Peleas
y Mélisande es una ópera basada en la obra de Maurice Maeterlinck y
musicalizada por Debussy, su argumento ilumina un lugar donde es posible
encontrar a las mujeres desde la mirada de los hombres.
En Alemandia vive un príncipe viudo: Golaud, nieto del rey Arkel;
perdido en el bosque mientras cazaba, encuentra a una joven mujer junto a
una fuente de agua, es Mélisande que también se ha perdido y no puede
decir quien es. Cuando llega la noche, a Mélisande no le queda más
remedio que aceptar la protección de Golaud. Mélisande y Golaud terminan
casándose y Golaud regresa con ella al castillo del rey Arkel, allí
Mélisande conoce al hermanastro de Golaud, Peleas y ocurre el flechazo.
Mélisande es una mujer de silencio, habla muy poco, Peleas la comprende y
la lleva a una fuente abandonada en el bosque, le recuerda que conoció a
Golaud en una fuente parecida, Mélisande juega con su anillo de bodas y
este se le cae al agua, Peleas se preocupa pero Mélisande se resigna
como en sueños y le pregunta qué le dirán a Golaud, Peleas le responde:
La verdad.
En el mismo instante en que Mélisande perdió el anillo el
caballo de Golaud lo tiró al suelo y se encuentra muy mal herido,
Mélisande va su lado, llora, él le hace muchas preguntas pero ella
permanece en silencio. Más tarde Golaud preguntará a su hijo Yniold
sobre Mélisande y el tío Peleas, el niño asustado contesta que a menudo
se encuentran en la oscuridad y que una vez se besaron en el bosque.
Atrapado por los celos Golaud va en busca de su espada y busca la fuente
de agua donde suelen encontrarse Peleas y Mélisande, Peleas muere y
Mélisande herida huye al bosque. Mélisande ha dado a luz una niña y está
gravemente enferma, Golaud está a su lado, le exige saber si amaba a
Peleas, ella responde que sí lo amaba con un amor inocente, Golaud se
pone furioso por no recibir las respuestas que quiere oír, Arkel le
recrimina a Golaud y atiende a Mélisande le trae a su hija y Mélisande
después de mirarla le dice: “También ella llorará; lo siento por ella”. Golaud sigue rondándola buscando “sacarle la verdad”. Mélisande muere en silencio.
Melisanda es el paradigma del silencio femenino, es lo que mueve al
hombre a preguntarse por la verdad, a poner a las mujeres en el lugar de
la verdad, es la forma de su delirio. Las mujeres aman y callan. Y
cuando la exigencia del hombre por saber de la verdad de su decir, de su
amor, de su fidelidad, de su constancia, sobrepasa sus límites,
entonces las mujeres dicen: “no sé lo que digo, no sé lo que sé, ya no digo lo que quiero”(2).
El callar proviene, en las mujeres, de lo que Freud llamaba “Penis
neid”, que es el nombre freudiano de la subjetivación del no tener, es
la explicación de qué hace el sujeto con su no tener (Freud hace
referencia a la diferencia anatómica en la mujer). Desde aquí se abren
las puertas al fantasma fundamental femenino: la injusticia
y por tanto a la queja femenina, Miller completa: “Podríamos también
hablar, en ese capítulo de la clínica ‘femenina’, de la extensión, de la
frecuencia, de la constancia habitual de un sentimiento de
inferioridad”(3)
Notas
(1) Ese “’alguien’ que existe y lee libros”, más cerca de la Catharsis,
que “designa ese goce de los afectos propios, tocados por el discurso o
la poesía, que puede llevar al auditor o al espectador tanto a cambiar
su convicción como a liberar su alma.” H. R. Jauss, citado por Antezana
en: Luis H. Antezana, Teorías de la Lectura (La Paz: Ediciones
Altiplano,1983). Para una visión del amor desde la sociología de Pierre
Bourdieu cf. “Sobre la Invención Amorosa” en: Atar a la Rata N° 14.
(2) Citado en: Francoise Fonteneau. La Ética del Silencio. Wittgenstein y Lacan (Buenos Aires: Atuel/Anáfora, 2000)
(3) Jacques-Alain Miller. De Mujeres y Semblantes. (Buenos Aires: Cuadernos del Pasador, 2000)


No hay comentarios.:
Publicar un comentario