La cuestión del sujeto en Lacan con algún rasgo literario
Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés
Propongo el título: La cuestión del sujeto en Lacan con algùn rasgo literario,
porque nos aproxima a una lectura literaria de Lacan, pero también
confirma que no existe una sola forma de leer a Lacan, ni siquiera la
más correcta.
Búsqueda de los puntos claves para entender la constitución del sujeto en el Psicoanálisis
Jacques
Lacan debe ser uno de los autores que más introducciones ha motivado, y
no hablamos aquí de “estudios” más o menos interpretativos, sino de
introducciones en el sentido de “dar paso” a su comprensión. Sin duda,
muchas de ellas subestiman al probable lector y sobrestiman la
complejidad de la producción de Lacan. Casi todas las “introducciones”
que hemos revisado tienen como objetivo introducir “... a la teoría de
Lacan mediante un recorrido por los puntos que [...] constituyen su
columna vertebral” (1) y dado ese objetivo, se acercan formalmente a los
textos hasta el punto de parafrasearlos. Tal vez una actitud más
autocrítica de estos intentos de introducirnos a la lectura de Lacan sea
la que toma Oscar Masotta al decir que su texto “... repite y
transforma el texto de un autor europeo sin dejar de avisar al lector
que ahí donde repite tal vez traiciona y que ahí donde trasforma no es
sino porque quiere repetir”(2).
Repetir (¿transformar?) y parafrasear parecen pues, los recursos a que se someten los interesados en reproducir los múltiples sentidos que emanan como las diferentes voces de un concierto polifónico. Lacan parece condenado a la posición de autor siempre “malentendido”. Y quizá en ese malentendido se encuentre la verdad de su decir: simplemente motivar a pensar. Un pensar lacaniano al que hay que “introducirse”, pero ¿por qué?, ¿no es posible echar a un lado tanto papel escrito y entrar de lleno en la lectura de su obra? Provisionalmente responderemos que no. Las razones son dos: el “estilo” de Lacan, aquel que algunos llamaran “gongorino” aunque nada tenga que ver con Góngora y ese desorden que constituye por un lado lo que escribió y que se encuentra en su mayoría recopilado en sus Escritos (dos tomos) y la transcripción del Seminario que llevó adelante por muchos años, transcripción que aún no ha llegado a su fin.
El estilo de Lacan es una de las dificultades que salta a primera vista, ese estilo que obliga a muchas relecturas y que va tejiendo sus sentidos aprés coup; “... el lexema raro, el semantema inhabitual, la sintaxis tortuosa han de impedir al lector abandonarse a su inclinación de lengua, hacerle desconfiar de las sucesiones lineales y de las disposiciones simétricas, obligarlo al saber que vendrá”(3). Pero ciertamente una manera de escribir que hace de la lectura una actividad: indagatoria, relacional, repetitiva, transgresora... He aquí las razones principales para echar mano de las manidas “introducciones”; por lo demás, no es ocioso querer adentrarse en el pensamiento de un autor tan complejo como Lacan dando un rodeo. Y recordemos, a este respecto, que investigar se compone –en su raíz etimológica– de dos voces: vestigium y circare, huella y rodear; demos pues ese trazo circular tras las huellas y las pisadas de Lacan.
Repetir (¿transformar?) y parafrasear parecen pues, los recursos a que se someten los interesados en reproducir los múltiples sentidos que emanan como las diferentes voces de un concierto polifónico. Lacan parece condenado a la posición de autor siempre “malentendido”. Y quizá en ese malentendido se encuentre la verdad de su decir: simplemente motivar a pensar. Un pensar lacaniano al que hay que “introducirse”, pero ¿por qué?, ¿no es posible echar a un lado tanto papel escrito y entrar de lleno en la lectura de su obra? Provisionalmente responderemos que no. Las razones son dos: el “estilo” de Lacan, aquel que algunos llamaran “gongorino” aunque nada tenga que ver con Góngora y ese desorden que constituye por un lado lo que escribió y que se encuentra en su mayoría recopilado en sus Escritos (dos tomos) y la transcripción del Seminario que llevó adelante por muchos años, transcripción que aún no ha llegado a su fin.
El estilo de Lacan es una de las dificultades que salta a primera vista, ese estilo que obliga a muchas relecturas y que va tejiendo sus sentidos aprés coup; “... el lexema raro, el semantema inhabitual, la sintaxis tortuosa han de impedir al lector abandonarse a su inclinación de lengua, hacerle desconfiar de las sucesiones lineales y de las disposiciones simétricas, obligarlo al saber que vendrá”(3). Pero ciertamente una manera de escribir que hace de la lectura una actividad: indagatoria, relacional, repetitiva, transgresora... He aquí las razones principales para echar mano de las manidas “introducciones”; por lo demás, no es ocioso querer adentrarse en el pensamiento de un autor tan complejo como Lacan dando un rodeo. Y recordemos, a este respecto, que investigar se compone –en su raíz etimológica– de dos voces: vestigium y circare, huella y rodear; demos pues ese trazo circular tras las huellas y las pisadas de Lacan.
El recorrido de Lacan visto por Jacques-Alain Miller
De
acuerdo a Jacques-Alain Miller, Lacan comienza su largo recorrido, de
regreso a Freud, partiendo de una pregunta fundamental: ¿Cuáles son las
condiciones de posibilidad del Psicoanálisis? Su respuesta la elaboró
como una hipótesis de trabajo: El Psicoanálisis sólo es posible, si sólo
si, el inconsciente está estructurado como un lenguaje. O sea, piensa
de la manera más lógica posible, si el psicoanálisis postula un
inconsciente y a la vez trabaja sobre el lenguaje, pues el inconsciente
habla (a través del chiste, de los sueños, del malentendido), entonces
él (el inconsciente) está estructurado como lenguaje. Es por eso que a
juicio de Lacan, su enseñanza comienza en 1953 con su texto Función y
campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis (4). Es en ese año
cuando Lacan introduce la proposición “el inconsciente estructurado como
un lenguaje” y la distinción entre lo real, lo imaginario y lo
simbólico que lo acompañara en toda su labor teórica. A partir de 1953
se puede ordenar su enseñanza, considerando tres períodos:
De acuerdo a Jacques Alain Miller, la enseñanza de Lacan comienza con la distinción entre lo simbólico y lo imaginario, esto le lleva a distinguir al yo (moi) en su dimensión imaginaria y al sujeto como término simbólico. Una vez que Lacan ha distinguido al símbolo de la imagen, lo simbólico adquiere una nueva dimensión, el resultado del cruce de dos caminos: la palabra y el lenguaje. En la palabra trabajan también las identificaciones, pero ellas son identificaciones que salvan la rivalidad imaginaria (el yo vs. el otro). Por eso, al principio de su enseñanza Lacan habla de la palabra como mediadora entre los sujetos, donde una de las identificaciones, sería el proceso intersubjetivo en donde el sujeto, por medio de la palabra, debe restablecer la continuidad de su historia. El lenguaje, por otra parte, corresponde al orden simbólico, como el conjunto diacrítico que relaciona elementos disueltos y separados. Es el aspecto estructural, donde los elementos adquieren valor a partir de sus propias interrelaciones. Debido a esta característica esta estructura no tiene origen, pues ya está allí, ya que los elementos únicamente valen con relación a los otros. A esto se debe que Lacan rechace la idea de psicogénesis. Miller observa que esta estructura, por todo lo que se ha dicho, es una estructura sin-sentido.
Resumiendo, diríamos, que el primer camino de lo simbólico es ante todo significación (palabra) y el segundo camino, es ante todo sin-sentido (lenguaje). A lo largo de su enseñanza, cada vez más, el acento cayó en el camino de lo simbólico y es precisamente en este rumbo donde Lacan enuncia la primacía del significante, rompiendo así, el paralelismo entre significante y significado de Saussure. La tesis de Lacan sostiene que es el significante el que actúa sobre el significado y que a partir del sin-sentido del significante se engendra la significación. Pero al mismo tiempo y para dar cuenta de este tipo de estructura, introduce el concepto de cadena significante, que de otro lado, es la condición de toda formación del inconsciente. Ahora bien, Lacan hace funcionar lo simbólico –con sus dos bifurcaciones–, como un solo término, muestra así que la relación entre la estructura simbólica y el sujeto se distingue de la relación imaginaria del yo y del otro. A eso se debe la diferente grafía que introduce para designar al Otro (A) del lenguaje que está siempre allí omnipresente, es todo lo que ha sido dicho en la medida de lo pensable, es el Otro de la verdad, es el Otro que tercia en todo diálogo, el Otro del pacto o el Otro de la controversia. El Otro de Lacan es por eso una dimensión de exterioridad que, funcionalmente, determina al sujeto. Es la “otra escena” de Freud, allí donde se sitúa todo el imaginario del inconsciente. Diríamos hasta aquí que, para Lacan, la identificación simbólica del sujeto se da a partir del significante de la respuesta del Gran Otro, del Otro omnipotente de la demanda.
- De 1953 a 1963 se dedica a examinar los textos de Freud. En esta época la categoría de lo simbólico adquiere la dimensión esencial de la experiencia psicoanalítica.
- De 1964 a 1974 deja de comentar ya directamente los textos de Freud. Son sus tesis las que ocupan el centro de su trabajo teórico; postula el S (sujeto tachado), el objeto llamado a minúscula y el A (Otro con mayúscula).
- De 1974 a 1981 Lacan toma como objeto a sus propios conceptos teóricos y en especial la división tripartita de lo real, lo simbólico y lo imaginario. Donde lo real se convierte en la categoría central.
De acuerdo a Jacques Alain Miller, la enseñanza de Lacan comienza con la distinción entre lo simbólico y lo imaginario, esto le lleva a distinguir al yo (moi) en su dimensión imaginaria y al sujeto como término simbólico. Una vez que Lacan ha distinguido al símbolo de la imagen, lo simbólico adquiere una nueva dimensión, el resultado del cruce de dos caminos: la palabra y el lenguaje. En la palabra trabajan también las identificaciones, pero ellas son identificaciones que salvan la rivalidad imaginaria (el yo vs. el otro). Por eso, al principio de su enseñanza Lacan habla de la palabra como mediadora entre los sujetos, donde una de las identificaciones, sería el proceso intersubjetivo en donde el sujeto, por medio de la palabra, debe restablecer la continuidad de su historia. El lenguaje, por otra parte, corresponde al orden simbólico, como el conjunto diacrítico que relaciona elementos disueltos y separados. Es el aspecto estructural, donde los elementos adquieren valor a partir de sus propias interrelaciones. Debido a esta característica esta estructura no tiene origen, pues ya está allí, ya que los elementos únicamente valen con relación a los otros. A esto se debe que Lacan rechace la idea de psicogénesis. Miller observa que esta estructura, por todo lo que se ha dicho, es una estructura sin-sentido.
Resumiendo, diríamos, que el primer camino de lo simbólico es ante todo significación (palabra) y el segundo camino, es ante todo sin-sentido (lenguaje). A lo largo de su enseñanza, cada vez más, el acento cayó en el camino de lo simbólico y es precisamente en este rumbo donde Lacan enuncia la primacía del significante, rompiendo así, el paralelismo entre significante y significado de Saussure. La tesis de Lacan sostiene que es el significante el que actúa sobre el significado y que a partir del sin-sentido del significante se engendra la significación. Pero al mismo tiempo y para dar cuenta de este tipo de estructura, introduce el concepto de cadena significante, que de otro lado, es la condición de toda formación del inconsciente. Ahora bien, Lacan hace funcionar lo simbólico –con sus dos bifurcaciones–, como un solo término, muestra así que la relación entre la estructura simbólica y el sujeto se distingue de la relación imaginaria del yo y del otro. A eso se debe la diferente grafía que introduce para designar al Otro (A) del lenguaje que está siempre allí omnipresente, es todo lo que ha sido dicho en la medida de lo pensable, es el Otro de la verdad, es el Otro que tercia en todo diálogo, el Otro del pacto o el Otro de la controversia. El Otro de Lacan es por eso una dimensión de exterioridad que, funcionalmente, determina al sujeto. Es la “otra escena” de Freud, allí donde se sitúa todo el imaginario del inconsciente. Diríamos hasta aquí que, para Lacan, la identificación simbólica del sujeto se da a partir del significante de la respuesta del Gran Otro, del Otro omnipotente de la demanda.
La cuestión del sujeto. Observaciones preliminares
Podemos
preguntarnos: ¿Cuál es el sujeto que subvierte el Psicoanálisis en
cuanto funda el inconsciente, esto es, el inconsciente freudiano? Y
responder que es el sujeto de la filosofía clásica, aquel sujeto que
aparece articulado en la relación sujeto-objeto y que juntos aparecen
dados y no construidos. La relación entre ambos, es la de sus atributos:
el sujeto quiere conocer, el objeto quiere ser conocido; el sujeto
busca salir de sí e ir en busca del objeto, el objeto es arrastrado
hacia el sujeto. Ahora bien, el objeto no pasa en su totalidad al campo
del sujeto, sino lo que queda en el sujeto es lo que se denomina
representación. Ya Hegel había insistido en la relación de
representación, oponiendo el raciocinio al pensamiento especulativo. El
conocimiento positivo es razonamiento, “(...) en el sentido de que
coloca al sujeto de base y procede de una a otra representación,
poniéndolas en relación con este sujeto. En el pensamiento especulativo.
‘El subjetum’, tomado como fundamento firme, es abandonado, puesto que
el pensamiento no piensa algo diferente en el predicado, sino que más
bien se descubre en él al sujeto mismo”.(5) Se ve entonces que Lacan –en
cuanto al sujeto– entabla un amplio diálogo con Hegel. Digamos a este
respecto que el Hegel de Lacan es el de la Fenomenología del espíritu,
mediado por la lectura de Kojeve.
De tal manera que la cuestión es tripartita: sujeto-representación-objeto, que dan lugar a tres constelaciones teóricas: psicología-lógica-ontología. Si planteáramos un punto de vista inverso y partiéramos desde la consideración del objeto nos percataríamos de que se trata del problema de la verdad. Desde el punto de fuga del objeto, la relación del conocimiento es el pasaje de propiedades al sujeto; si entendemos que es la representación la que media la relación sujeto-objeto, entonces, la verdad es la coincidencia entre la representación y el objeto, lo que por otra parte nos lleva a la conclusión de que el objeto no puede ser reputado de verdadero o falso. Si sólo la relación representación-objeto puede ser reputada de verdadera o falsa, entonces, nos encontramos en el plano de la equivocación, el error, lo fallido, la mentira, la perversión. El problema que se plantea de continuo es el de la verdad y esto precisamente por la posibilidad de engaño. De esta manera y considerando la concepción clásica del sujeto, encontramos casi de inmediato la cuestión del lenguaje. Dogmáticamente podríamos sostener que la teoría del sujeto depende de la teoría que se tenga del lenguaje, de la “transparencia de la representación” (6).
De tal manera que la cuestión es tripartita: sujeto-representación-objeto, que dan lugar a tres constelaciones teóricas: psicología-lógica-ontología. Si planteáramos un punto de vista inverso y partiéramos desde la consideración del objeto nos percataríamos de que se trata del problema de la verdad. Desde el punto de fuga del objeto, la relación del conocimiento es el pasaje de propiedades al sujeto; si entendemos que es la representación la que media la relación sujeto-objeto, entonces, la verdad es la coincidencia entre la representación y el objeto, lo que por otra parte nos lleva a la conclusión de que el objeto no puede ser reputado de verdadero o falso. Si sólo la relación representación-objeto puede ser reputada de verdadera o falsa, entonces, nos encontramos en el plano de la equivocación, el error, lo fallido, la mentira, la perversión. El problema que se plantea de continuo es el de la verdad y esto precisamente por la posibilidad de engaño. De esta manera y considerando la concepción clásica del sujeto, encontramos casi de inmediato la cuestión del lenguaje. Dogmáticamente podríamos sostener que la teoría del sujeto depende de la teoría que se tenga del lenguaje, de la “transparencia de la representación” (6).
Entramos así, de lleno en la
consideración lacaniana del lenguaje o más bien, a la articulación entre
Lingüística y Psicoanálisis. Existen dos afirmaciones de Lacan que nos
llevan precisamente a tal articulación, una es frecuentemente citada:
“el inconsciente está estructurado como lenguaje” (passim) o como
dice en otro lado: “el inconsciente tiene estructura de discurso” (7) y
la otra que dice: “El inconsciente, a partir de Freud, es una cadena de
significantes que en algún sitio (en otro escenario, escribe él) se
repite e insiste para interferir en los cortes que le ofrece el discurso
efectivo y la cogitación que él informa” (8) Notamos enseguida que en
ambas citas la noción fundamental es el significante y Lacan, en este
punto, nos envía a uno de los puntos claves de su trabajo teórico: la
primacía del significante, que queda expresada en la siguiente cita:
“Nuestra definición del significante (no hay otra) es: un significante
es lo que representa al sujeto para otro significante.” (9) Esta
definición nos reenvía a la célebre definición de signo de Saussure
puesto que la rompe y la subvierte: es el significante que crea el
significado. El significante ya no es la otra cara del signo paralelo al
significado. Si el algoritmo de Saussure representaba la unidad del
signo y marcaba la significación, en Lacan se invierte, el significante
(S) queda arriba y el significado (s) debajo de la barra, que lejos de
indicar relación indica separación de dos órdenes diferentes: S/s el
signo se rompe, la barra opone resistencia a la significación. Ahora
bien, ¿qué ocurre entonces con el funcionamiento de los elementos de un
signo así desconstruido?
Primero, que en el lugar del significante se establece una diferencia. Segundo, esta diferencia produce un corte en lo real. Tercero, el significante hace entrada en el campo del significado (ahora efecto del significante). Es entonces, en la diferencia entre los significantes donde los sujetos encuentran su lugar. Es decir, un significante se define por la relación y por la diferencia con otro significante. Las diferencias significantes dividen lo real. Con esto se entiende ahora que el significante ya no es más la otra cara del signo, sino una operación en la que se articula una ley. Y, a esa operación —trabajo será mejor decir—, Lacan llama “significancia”, que es la articulación entre significantes que producen efectos de significado. El significante no se encuentra aislado sino que hace cadenas con otros significantes y se despliegan en dos órdenes: metáfora y metonimia. Al no haber un significante aislado y al ser la significancia efecto de la articulación de significantes, entramos en otra de las ideas claves de Lacan, que por ahora tocaremos brevemente, la de “cadena significante”. Escribimos aquí la cita de “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud” p. 481 de los Escritos:
“Con la segunda propiedad del significante de componerse según las leyes de un orden cerrado, se afirma la necesidad del sustrato fonológico del que da una aproximación el término de cadena significante que yo utilizo ordinariamente: anillos cuyo collar se sella en el anillo de otro collar hecho de anillos.” Habíamos anotado líneas atrás, que el significante al no estar solo se encuentra siempre en oposición de un segundo significante, se alude aquí al concepto de “valor” en la lingüística saussuriana. Pero, ¿dónde se encuentra el significado? Para responder esta pregunta veamos el esquema de la relación significante-significado saussureano: a ... conceptos “s” b ’ ’ ’ ... imágenes acústicas “S”
Primero, que en el lugar del significante se establece una diferencia. Segundo, esta diferencia produce un corte en lo real. Tercero, el significante hace entrada en el campo del significado (ahora efecto del significante). Es entonces, en la diferencia entre los significantes donde los sujetos encuentran su lugar. Es decir, un significante se define por la relación y por la diferencia con otro significante. Las diferencias significantes dividen lo real. Con esto se entiende ahora que el significante ya no es más la otra cara del signo, sino una operación en la que se articula una ley. Y, a esa operación —trabajo será mejor decir—, Lacan llama “significancia”, que es la articulación entre significantes que producen efectos de significado. El significante no se encuentra aislado sino que hace cadenas con otros significantes y se despliegan en dos órdenes: metáfora y metonimia. Al no haber un significante aislado y al ser la significancia efecto de la articulación de significantes, entramos en otra de las ideas claves de Lacan, que por ahora tocaremos brevemente, la de “cadena significante”. Escribimos aquí la cita de “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud” p. 481 de los Escritos:
“Con la segunda propiedad del significante de componerse según las leyes de un orden cerrado, se afirma la necesidad del sustrato fonológico del que da una aproximación el término de cadena significante que yo utilizo ordinariamente: anillos cuyo collar se sella en el anillo de otro collar hecho de anillos.” Habíamos anotado líneas atrás, que el significante al no estar solo se encuentra siempre en oposición de un segundo significante, se alude aquí al concepto de “valor” en la lingüística saussuriana. Pero, ¿dónde se encuentra el significado? Para responder esta pregunta veamos el esquema de la relación significante-significado saussureano: a ... conceptos “s” b ’ ’ ’ ... imágenes acústicas “S”

(Tomado de: Jöel Dor. Introducción a la Lectura de Lacan)
En esta “cadena”, a cada concepto corresponde una imagen acústica, la
correspondencia es bi-unívoca: ’, ’, etc., esto quiere decir, que
la significación está garantizada cuando un signo se encuentra aislado
de la cadena significante. Pero sabemos que esto no es así, que es el
contexto quien modifica y delimita al signo, es lo que Saussure llamó
“valor”, esta es precisamente una idea clave en el estructuralismo
saussuriano, el que constituye al lenguaje como sistema estructural.
Ahora bien, para Lacan, —con la primacía del significante de por medio—,
es el significante que por su naturaleza anticipa el sentido, pero no
lo completa puesto que siempre hay algún otro significante segundo que
lo sanciona “aprés coup”; así puede decirse: “ (...) que es en la cadena
del significante donde el sentido insiste, pero que ninguno de los
elementos de la cadena consiste en la significación de la que es capaz
en el momento mismo.” (10) No se crea que esta articulación entre los
significantes y la significación que fluye debajo de esta articulación
es imposible de delimitar. La significación se aprehende por lo que
Lacan denomina point de capitoner (“bastas de acolchado”, traduce el traductor de los Escritos). Este point de capitoner (11) toma importancia puesto que nos conduce a la división del sujeto, punto que trataremos con cierto detenimiento.
La constitución del sujeto o la división del sujeto
Cuando Lacan habla sobre la división del sujeto, se refiere al término spaltung tomado de Freud. La Spaltung para
Lacan es la división inaugural por la que adviene el sujeto gracias al
orden significante. El vínculo del sujeto con el orden significante
produce la división inaugural del sujeto. Aquí el lenguaje aparece como
una actividad subjetiva en la cual “uno dice algo absolutamente
diferente de lo que uno cree decir en lo que dice”. (12) O en palabras
del propio Lacan: “Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo
que se escucha.” (13) La división inaugural del sujeto por el orden
significante implica considerar que es el orden significante quien causa
al sujeto, a sus espaldas, estructurándolo en un proceso de división
que, al mismo tiempo, produce el advenimiento del inconsciente. Así, el
inconsciente aparece como el lugar donde los significantes se organizan
según la trama del discurso y, por tanto, análoga al lenguaje. Ésa es la
razón por la que Lacan sostiene que el inconsciente es el discurso del
Otro, de ese Otro que es el tesoro del significante, sobre el que
volveremos más tarde.
Aclaremos hasta aquí, que Lacan va elaborando la interpretación de la Spaltung a partir de un ser humano que adviene Sujeto al acceder al lenguaje, división que ya se encuentra en Freud cuando habla de la “doble conciencia o disociación psíquica”. Es la división psíquica, pues la que da origen a la división del sujeto. Pero dado nuestro objetivo, nos interesa más resaltar aquellos puntos clave que tienen que ver con el trabajo del lenguaje, en una glosa libre y selectiva. Una de las propiedades del lenguaje es evocar algo real mediante un sustituto simbólico, lo que produce ipso facto una escisión entre lo real y su representación. Es por eso que la cosa debe perderse y así ser representada, sostiene Lacan; así entendida la palabra (no el lenguaje) (14) es una presencia llena de ausencia que nombra esa misma ausencia. Esta es la razón fundamental para que el sujeto se relacione con su discurso en el mismo efecto de escisión. Detengámonos un poco más en esto. El sujeto adviene representación en su propio discurso gracias a su desaparición como sujeto, para explicar esta idea, Lacan introduce un interesante grafo, el denominado Grafo 1 que nos revela la relación del sujeto con el significante y que para nosotros es muy importante, puesto que se trata de una “observación lingüística” a la que Lacan dará efecto de articulación de deseo: (El gráfico que acompaña el Grafo 1, ha sido trabajado por nosotros).
Aclaremos hasta aquí, que Lacan va elaborando la interpretación de la Spaltung a partir de un ser humano que adviene Sujeto al acceder al lenguaje, división que ya se encuentra en Freud cuando habla de la “doble conciencia o disociación psíquica”. Es la división psíquica, pues la que da origen a la división del sujeto. Pero dado nuestro objetivo, nos interesa más resaltar aquellos puntos clave que tienen que ver con el trabajo del lenguaje, en una glosa libre y selectiva. Una de las propiedades del lenguaje es evocar algo real mediante un sustituto simbólico, lo que produce ipso facto una escisión entre lo real y su representación. Es por eso que la cosa debe perderse y así ser representada, sostiene Lacan; así entendida la palabra (no el lenguaje) (14) es una presencia llena de ausencia que nombra esa misma ausencia. Esta es la razón fundamental para que el sujeto se relacione con su discurso en el mismo efecto de escisión. Detengámonos un poco más en esto. El sujeto adviene representación en su propio discurso gracias a su desaparición como sujeto, para explicar esta idea, Lacan introduce un interesante grafo, el denominado Grafo 1 que nos revela la relación del sujeto con el significante y que para nosotros es muy importante, puesto que se trata de una “observación lingüística” a la que Lacan dará efecto de articulación de deseo: (El gráfico que acompaña el Grafo 1, ha sido trabajado por nosotros).
Lacan explica así este grafo (15): “Se articula allí lo que hemos llamado el punto de basta [point de capitoner]
por el cual el significante detiene el deslizamiento, indefinido sino,
de la significación. Se supone que la cadena significante está
soportando el vector S S’. Sin entrar siquiera en la fineza de la
dirección retrógrada en que se produce su cruzamiento redoblado por el
vector S... “La función diacrónica de este punto de basta [point de capitoner]
debe encontrarse en la frase, en la medida en que no cierra (16) su
significación sino con su último término, ya que cada término está
anticipado en la construcción de los otros, e inversamente sella su
sentido por su efecto retroactivo”.
El “punto de basta” o “puntada”, como prefieren llamar otros, metaforiza el carácter retroactivo del sentido, el vector S se dirige de adelante hacia atrás. En el desfiladero incesante de los significantes S S’ adviene el sujeto, que por eso mismo aparece borrado “barrado” (S). El sujeto no se constituye en su singularidad sino a través del orden simbólico, en el que aparece registrado como un lugar de representación, por eso lo “barrado” también adquiere el estatuto de “marca”. El sujeto se nombra en el orden de las cosas (lenguaje, el Otro) como yo, tú, él, se, “hijo de”, “Don Quijote de...”, el sujeto no es causa de su decir, ni del lenguaje, es mero efecto, es su eclipse y su fading (desvanecimiento), cobra sentido en la medida que es producto de los significantes que lo dividen, lo esconden. “La inserción en el mundo simbólico —escribe Anika Rifflet-Lemaire (o. c.)— es, en suma, un mimetismo, un "collage". Así, pues, un sujeto es lo que un significante representa ante otro significante, de aquí se llega a la conclusión que un significante solo, aislado, no puede nunca representar al sujeto
El “punto de basta” o “puntada”, como prefieren llamar otros, metaforiza el carácter retroactivo del sentido, el vector S se dirige de adelante hacia atrás. En el desfiladero incesante de los significantes S S’ adviene el sujeto, que por eso mismo aparece borrado “barrado” (S). El sujeto no se constituye en su singularidad sino a través del orden simbólico, en el que aparece registrado como un lugar de representación, por eso lo “barrado” también adquiere el estatuto de “marca”. El sujeto se nombra en el orden de las cosas (lenguaje, el Otro) como yo, tú, él, se, “hijo de”, “Don Quijote de...”, el sujeto no es causa de su decir, ni del lenguaje, es mero efecto, es su eclipse y su fading (desvanecimiento), cobra sentido en la medida que es producto de los significantes que lo dividen, lo esconden. “La inserción en el mundo simbólico —escribe Anika Rifflet-Lemaire (o. c.)— es, en suma, un mimetismo, un "collage". Así, pues, un sujeto es lo que un significante representa ante otro significante, de aquí se llega a la conclusión que un significante solo, aislado, no puede nunca representar al sujeto
El Otro o el tesoro del significante. Sujeto de la enunciación. Sujeto del enunciado
Otro
concepto clave de Lacan es el que se refiere al deseo como deseo del
Otro. Ahora bien, esto significa en la obra de Lacan una reformulación
freudiana del deseo inconsciente, cuya consideración detallada nos
alejaría del objetivo de nuestro trabajo. Digamos aquí la frase: “el
inconsciente es el discurso del Otro”, plantea el lugar que ocupa el
sujeto en el desfiladero del lenguaje, implica la posición del sujeto
como deseante, pero que es en tanto Otro que desea. En otras palabras,
cuando el sujeto se plantea como deseante, es soportado por el deseo del
Otro y cuanto más autor de su deseo se cree, tanto más desconoce que el
deseo es del Otro, lo que grafica su extremada alienación: “[...]
responde nuestra fórmula de que el inconsciente es el discurso del Otro,
en la que hay que entender el “de” en el sentido del de latino
(determinación objetiva): de Alio en oratione [del otro en oración] (complétese: tua res agitatur [tú eres cosa de él])” (17).
Ordenando la última frase diríamos: “en la oración del Otro, tú eres cosa de él” Esto señala un importante desborde del sujeto; si el sujeto queda escindido y desvanecido en la cadena significante es porque es un sujeto deseante, siempre referido al Otro de la palabra o del lenguaje. (18) Ahora bien, sabemos que en la cadena significante hay algo que insiste y es la significación y esa insistencia –incesante– demuestra que la “significación última” no existe. El Otro, como lugar del significante, es la garantía de la verdad, pero al Otro siempre le falta un significante ya que sino no habría discurso, es decir, ese recorte en la cadena significante; entonces, al Otro le falta algo para dar significación absoluta a la verdad. Este “significante de una falta en el Otro” [S (A)] es lo que siempre se encuentra cuando se habla (o se escribe - como acto) y se descuenta de la cadena cada vez que algo es dicho, y al mismo tiempo, es porque se descuenta que algo se dice.
Todo este enredo quizá sea factible de comparar con aquel poema de Octavio Paz que aspira al “poema real”, ya que: “... No es el hombre criatura capaz de contenerte, avidez que sólo en la sed se sacia, llama que todos los labios consume, espíritu que no vive en ninguna forma mas hace arder todas las formas.” (19). La verdad (la significación última) dice Lacan, aspira a lo real, es decir, a lo imposible de decir. Hasta aquí podríamos confundir al Otro con el mensaje o el código; pero, el empleo de esos términos está teñido de las ideas comunicacionales (20), precisamente la división del sujeto por el lenguaje da testimonio de que toda comunicación es aparente y por tanto fallida, y esto ocurre porque en toda comunicación está en juego el significante y no el signo: por estas razones es que Lacan reemplazará código por “tesoro del significante” anotado con la letra A [Autre=Otro] (21). También cambiará mensaje por “significado del Otro”. El Otro es un sitio desde donde parte el mensaje y donde es sancionado como tal, es decir, leído. (22)
Ordenando la última frase diríamos: “en la oración del Otro, tú eres cosa de él” Esto señala un importante desborde del sujeto; si el sujeto queda escindido y desvanecido en la cadena significante es porque es un sujeto deseante, siempre referido al Otro de la palabra o del lenguaje. (18) Ahora bien, sabemos que en la cadena significante hay algo que insiste y es la significación y esa insistencia –incesante– demuestra que la “significación última” no existe. El Otro, como lugar del significante, es la garantía de la verdad, pero al Otro siempre le falta un significante ya que sino no habría discurso, es decir, ese recorte en la cadena significante; entonces, al Otro le falta algo para dar significación absoluta a la verdad. Este “significante de una falta en el Otro” [S (A)] es lo que siempre se encuentra cuando se habla (o se escribe - como acto) y se descuenta de la cadena cada vez que algo es dicho, y al mismo tiempo, es porque se descuenta que algo se dice.
Todo este enredo quizá sea factible de comparar con aquel poema de Octavio Paz que aspira al “poema real”, ya que: “... No es el hombre criatura capaz de contenerte, avidez que sólo en la sed se sacia, llama que todos los labios consume, espíritu que no vive en ninguna forma mas hace arder todas las formas.” (19). La verdad (la significación última) dice Lacan, aspira a lo real, es decir, a lo imposible de decir. Hasta aquí podríamos confundir al Otro con el mensaje o el código; pero, el empleo de esos términos está teñido de las ideas comunicacionales (20), precisamente la división del sujeto por el lenguaje da testimonio de que toda comunicación es aparente y por tanto fallida, y esto ocurre porque en toda comunicación está en juego el significante y no el signo: por estas razones es que Lacan reemplazará código por “tesoro del significante” anotado con la letra A [Autre=Otro] (21). También cambiará mensaje por “significado del Otro”. El Otro es un sitio desde donde parte el mensaje y donde es sancionado como tal, es decir, leído. (22)
El sujeto es distinto del individuo
Si la dimensión del lenguaje fagocita al sujeto, lo hace a condición de
un ocultamiento, de un “borramiento”; le esconde tras su decir, y así el
deseo del sujeto sólo puede escucharse desde un significante, por
tanto, sancionado por el Otro a quien a su vez éste (el sujeto a través
del significante) se dirige. De esa manera se llega a que: “El sujeto en
la verdad de su deseo puede ser considerado entonces como sujeto del
inconsciente” (23) Hay una frase de Lacan que muestra a este sujeto del
inconsciente: “Al sujeto pues no se le habla. «Ello» habla de él, y ahí
es donde se aprehende, y esto tanto más forzosamente cuanto que, antes
de que por el puro hecho de que «ello» se dirige a él desaparezca como
sujeto bajo el significante en el que se convierte, no era absolutamente
nada”. (24)
Si el sujeto, en la verdad de su deseo, es el sujeto del inconsciente al advenir como S (sujeto barrado), todo se ajusta a la estructura de discurso y como tal supone dos bifurcaciones que serán los sellos que lo caractericen: el enunciado y la enunciación. Enunciado y enunciación están descritos vagamente como nos recuerda el Diccionario... de Todorov y Ducrot, allá se nos dice que le enunciado es la producción o aparición de una serie de frases o discurso que puede ser dicho, transcrito o escrito; en cambio, la enunciación es el acto de actualización y son “asumidas” por un locutor en un contexto espacial y temporal específico. Más claramente Benveniste, sostiene que la enunciación es el “poner a funcionar la lengua” y que se distingue del “habla”, porque la enunciación, “es el acto mismo de producir un enunciado y no el texto del enunciado...” (Ibídem.), pero aún más, “[el] acto individual de aproximación de la lengua introduce al que habla en su habla. He aquí un dato constitutivo de la enunciación”. (id. p. 85)
Existe pues un “representante” que vela porque el sujeto este presente en su enunciado y que se denomina sujeto del enunciado, que generalmente se presenta como un “yo”, pero también como un “se”, un “tú”, “nosotros”, etc. Los pronombres permiten al sujeto un semblante de neutralidad con respecto a los enunciados, por ejemplo: “se dice que todos somos mortales”, este tipo de enunciados “impersonales” muestran claramente la brecha entre la enunciación y el enunciado: pero esta brecha parece cerrarse cuando el sujeto articula un enunciado “más personal”, como por ejemplo: “yo soy mortal”, aunque de todas maneras, el “yo” de este enunciado no deja de ser un representante del sujeto en el discurso, este “yo” es más precisamente un representante convocado intencionalmente por el sujeto en el acto de la enunciación. Distinguimos pues aquí el sujeto del enunciado del sujeto de la enunciación. Si el sujeto adviene por el lenguaje, entonces ese advenimiento se produce por la palabra (articulación del significante), en la enunciación.
Para Lacan el sujeto del inconsciente, que es el sujeto del deseo, debe ser ubicado en el sujeto de la enunciación; así el sujeto del inconsciente aparece en el decir, y a su vez en lo dicho se encuentra la representación del sujeto o el sujeto del enunciado. Así: “... la coincidencia imposible del (Yo), sujeto de la enunciación, y del “Yo”, sujeto del enunciado, origina la dialéctica de las alienaciones del sujeto” (25) Discriminar entre el sujeto del inconsciente, que se debe buscar en el sujeto de la enunciación y el sujeto del enunciado nos lleva a considerar un sujeto distinto del individuo, pues en primer lugar se reconoce en el inconsciente la estructura del lenguaje, en segundo lugar, todo el desenvolvimiento teórico de Lacan gira en torno a un análisis lingüístico del sujeto (una lingüística, digamos, especial) que se aparta de lo que ordinariamente se designa como “individuo”. El sujeto es una categoría teórica (casi diríamos gramatical), en cambio el individuo de carne y hueso es una categoría biológica. El sujeto aparece en la autonomía de lo simbólico, relacionado con el Otro. Desde este punto de vista, el sujeto puede aparecer como un punto de fuga ordenador de un horizonte que tiene que ver con la Literatura estrechamente, pues la Literatura, en tanto discurso, genera su (sus) propio (propios) sujeto (sujetos).
Si el sujeto, en la verdad de su deseo, es el sujeto del inconsciente al advenir como S (sujeto barrado), todo se ajusta a la estructura de discurso y como tal supone dos bifurcaciones que serán los sellos que lo caractericen: el enunciado y la enunciación. Enunciado y enunciación están descritos vagamente como nos recuerda el Diccionario... de Todorov y Ducrot, allá se nos dice que le enunciado es la producción o aparición de una serie de frases o discurso que puede ser dicho, transcrito o escrito; en cambio, la enunciación es el acto de actualización y son “asumidas” por un locutor en un contexto espacial y temporal específico. Más claramente Benveniste, sostiene que la enunciación es el “poner a funcionar la lengua” y que se distingue del “habla”, porque la enunciación, “es el acto mismo de producir un enunciado y no el texto del enunciado...” (Ibídem.), pero aún más, “[el] acto individual de aproximación de la lengua introduce al que habla en su habla. He aquí un dato constitutivo de la enunciación”. (id. p. 85)
Existe pues un “representante” que vela porque el sujeto este presente en su enunciado y que se denomina sujeto del enunciado, que generalmente se presenta como un “yo”, pero también como un “se”, un “tú”, “nosotros”, etc. Los pronombres permiten al sujeto un semblante de neutralidad con respecto a los enunciados, por ejemplo: “se dice que todos somos mortales”, este tipo de enunciados “impersonales” muestran claramente la brecha entre la enunciación y el enunciado: pero esta brecha parece cerrarse cuando el sujeto articula un enunciado “más personal”, como por ejemplo: “yo soy mortal”, aunque de todas maneras, el “yo” de este enunciado no deja de ser un representante del sujeto en el discurso, este “yo” es más precisamente un representante convocado intencionalmente por el sujeto en el acto de la enunciación. Distinguimos pues aquí el sujeto del enunciado del sujeto de la enunciación. Si el sujeto adviene por el lenguaje, entonces ese advenimiento se produce por la palabra (articulación del significante), en la enunciación.
Para Lacan el sujeto del inconsciente, que es el sujeto del deseo, debe ser ubicado en el sujeto de la enunciación; así el sujeto del inconsciente aparece en el decir, y a su vez en lo dicho se encuentra la representación del sujeto o el sujeto del enunciado. Así: “... la coincidencia imposible del (Yo), sujeto de la enunciación, y del “Yo”, sujeto del enunciado, origina la dialéctica de las alienaciones del sujeto” (25) Discriminar entre el sujeto del inconsciente, que se debe buscar en el sujeto de la enunciación y el sujeto del enunciado nos lleva a considerar un sujeto distinto del individuo, pues en primer lugar se reconoce en el inconsciente la estructura del lenguaje, en segundo lugar, todo el desenvolvimiento teórico de Lacan gira en torno a un análisis lingüístico del sujeto (una lingüística, digamos, especial) que se aparta de lo que ordinariamente se designa como “individuo”. El sujeto es una categoría teórica (casi diríamos gramatical), en cambio el individuo de carne y hueso es una categoría biológica. El sujeto aparece en la autonomía de lo simbólico, relacionado con el Otro. Desde este punto de vista, el sujeto puede aparecer como un punto de fuga ordenador de un horizonte que tiene que ver con la Literatura estrechamente, pues la Literatura, en tanto discurso, genera su (sus) propio (propios) sujeto (sujetos).
El sujeto del inconsciente es el sujeto de la ciencia. La ciencia en tanto moderna determina un modo de constitución del sujeto
En
La ciencia y la verdad, Lacan enuncia una reflexión epistemológica del
hallazgo del sujeto: diferente al cogito cartesiano, el sujeto se
enmarca dentro del descubrimiento freudiano del inconsciente, esta
reflexión articula perfectamente como una ecuación: “Decir que el sujeto
sobre el que operamos en psicoanálisis no puede ser sino el sujeto de
la ciencia puede parecer una paradoja”. (Énfasis nuestro) (26) Esta
ecuación se puede desdoblar en, por lo menos, tres afirmaciones: • el
psicoanálisis opera sobre un sujeto • existe un sujeto de la ciencia •
y, estos sujetos son los mismos. Si las tres afirmaciones anteriores
tienen algo en común –salta a la vista– es que hablan del sujeto, si
esto es así, entonces: “hay algún sujeto, distinto de toda forma de
individualidad empírica” (27) En Lacan esto está explícitamente abordado
en la siguiente frase: “En una palabra, volveremos a encontrar aquí al
sujeto del significante[...]. Transportado por el significante en su
relación con el otro significante, debe distinguírsele severamente tanto
del individuo biológico como de toda evolución psicológica subsumible
como sujeto de comprensión” (Énfasis nuestro) (28).
Es decir, el sujeto distinto del individuo se funda en relación con el significante y al mismo tiempo, el sujeto del psicoanálisis es el sujeto estructurado por la ciencia, de donde se desprende lo que Milner llama: hipótesis del sujeto de la ciencia: La ciencia en tanto moderna determina un modo de constitución del sujeto que luego se completa con la definición del sujeto de la ciencia que “no es nada salvo el nombre del sujeto, toda vez que, por hipótesis, la ciencia moderna le determina un modo de constitución”. (29) Posteriormente Lacan aclarará esta hipótesis, en una aclaración que aparenta ser contradictoria, él dirá, en Aun, El seminario XX, p. 171: “Mi hipótesis es que el individuo afectado de inconsciente es el mismo que hace lo que llamo sujeto de un significante. Lo enuncio con la fórmula mínima de que un significante representa un sujeto para otro significante”. (30) De esta cita extraemos que, tanto el sujeto sobre el que opera el psicoanálisis como el sujeto de la ciencia son uno y el mismo y, además, coincide con el individuo. Se ve que la clave está en esta coincidencia, el individuo coincide con el sujeto, no es el sujeto porque es radicalmente diferente: esto quiere decir que ser el mismo significa ser el Otro.
Así pues, el psicoanálisis opera sobre un sujeto, puesto que el “psicoanálisis en su práctica encuentra por coincidencia un sujeto”. Digámoslo de nuevo: el sujeto encontrado, hallado, “sorprendido”, “cazado” (31), por el psicoanálisis, coincide con el individuo, no son los mismos. Milner, lo aclara aún más: “A quien me preguntase qué son una coincidencia y un encuentro, el nudo lo esclarecería: se trata del anudamiento borromeo de una determinación real (el sujeto), de una determinación imaginaria (el individuo), de una determinación simbólica (el significante)”. (32) Para contestar a la pregunta sobre ¿qué es un sujeto?, basta pues, con la definición de significante y así, Lacan desecha de una vez por todas al sujeto metafísico, pues sitúa al significante disyunto del pensamiento y, por tanto, nos remite a un sujeto sin cualidades. Podemos, entonces, a partir de aquí, pensar en un sujeto de la Literatura, en un sujeto ordenado por el discurso que de ella se engendra; en un sujeto que también a la inversa nos conduciría al orden de la Literatura como discurso. O más bien, a un ordenamiento, digamos geometral, donde el punto de fuga es el sujeto desde el cual podemos construir diversas perspectivas o puntos de encuentro entre el psicoanálisis (ahora lo decimos: como concepción del sujeto) y la Literatura, produciéndose un diálogo que, como cualquier otro –y aquí radicalizamos el punto de vista de Lacan– un emisor recibe su propio mensaje invertido del receptor (33).
Es decir, el sujeto distinto del individuo se funda en relación con el significante y al mismo tiempo, el sujeto del psicoanálisis es el sujeto estructurado por la ciencia, de donde se desprende lo que Milner llama: hipótesis del sujeto de la ciencia: La ciencia en tanto moderna determina un modo de constitución del sujeto que luego se completa con la definición del sujeto de la ciencia que “no es nada salvo el nombre del sujeto, toda vez que, por hipótesis, la ciencia moderna le determina un modo de constitución”. (29) Posteriormente Lacan aclarará esta hipótesis, en una aclaración que aparenta ser contradictoria, él dirá, en Aun, El seminario XX, p. 171: “Mi hipótesis es que el individuo afectado de inconsciente es el mismo que hace lo que llamo sujeto de un significante. Lo enuncio con la fórmula mínima de que un significante representa un sujeto para otro significante”. (30) De esta cita extraemos que, tanto el sujeto sobre el que opera el psicoanálisis como el sujeto de la ciencia son uno y el mismo y, además, coincide con el individuo. Se ve que la clave está en esta coincidencia, el individuo coincide con el sujeto, no es el sujeto porque es radicalmente diferente: esto quiere decir que ser el mismo significa ser el Otro.
Así pues, el psicoanálisis opera sobre un sujeto, puesto que el “psicoanálisis en su práctica encuentra por coincidencia un sujeto”. Digámoslo de nuevo: el sujeto encontrado, hallado, “sorprendido”, “cazado” (31), por el psicoanálisis, coincide con el individuo, no son los mismos. Milner, lo aclara aún más: “A quien me preguntase qué son una coincidencia y un encuentro, el nudo lo esclarecería: se trata del anudamiento borromeo de una determinación real (el sujeto), de una determinación imaginaria (el individuo), de una determinación simbólica (el significante)”. (32) Para contestar a la pregunta sobre ¿qué es un sujeto?, basta pues, con la definición de significante y así, Lacan desecha de una vez por todas al sujeto metafísico, pues sitúa al significante disyunto del pensamiento y, por tanto, nos remite a un sujeto sin cualidades. Podemos, entonces, a partir de aquí, pensar en un sujeto de la Literatura, en un sujeto ordenado por el discurso que de ella se engendra; en un sujeto que también a la inversa nos conduciría al orden de la Literatura como discurso. O más bien, a un ordenamiento, digamos geometral, donde el punto de fuga es el sujeto desde el cual podemos construir diversas perspectivas o puntos de encuentro entre el psicoanálisis (ahora lo decimos: como concepción del sujeto) y la Literatura, produciéndose un diálogo que, como cualquier otro –y aquí radicalizamos el punto de vista de Lacan– un emisor recibe su propio mensaje invertido del receptor (33).
Notas:
1.Carbajal,
Eduardo; D’Angelo, Rinty y Marchilli, Alberto. Una introducción a
Lacan. Langer Editorial. Buenos Aires, 1984, p.11.
2. Masotta, Oscar. Introducción a la lectura de Jacques Lacan. Ediciones Corregidor. Buenos Aires, 1985, pgs. 9-10.
3. Milner, Jean – Claude. La obra clara. Manantial, Buenos Aires, 1996, pgs. 26-27.
4. Lacan, Jacques. Escritos I y Escritos II. Trad. Tomás Segovia. Siglo
Veintiuno, México, 12da. ed. (corregida y aumentada), 1984.
5. Gadamer, Hans George. La dialéctica de Hegel. Cátedra, Madrid, 1994
6. Esta epistemología nos llevaría precisamente a poner en claro el
inconsciente de Freud. Así, el postulado de la translucidez y de la
transparencia conceptual del discurso teórico tradicional es rechazado
por Lacan, ya que el objeto del Psicoanálisis refundamentado en su
sentido, se resiste a la aprehensión por parte del concepto y a su
introducción ceñida por la lógica del lenguaje conceptual. El problema
de Lacan es la relación entre el original (el inconsciente) y su
traducción (representación), para Freud el inconsciente es el original
que sólo puede ser explicado a partir de sus representantes. Lacan
postula que este inconsciente está estructurado como un lenguaje, pero
nunca puede ser expresado claramente, sino que cae continuamente en el
equívoco. Esto, dicho sea de paso, también supone la inexistencia de un
metalenguaje, puesto que este objeto está estructurado lingüísticamente,
no habla el lenguaje del concepto, sino que ha creado su propia
retórica poblada de condensaciones metafóricas y desplazamientos
metonímicos.
7. Lo que lleva a afirmar a Anika Rifflet-Lemaire que Lacan es
estructuralista, pues el sujeto “en el discurso que acerca de él mismo
promueve, se aleja gradualmente de la verdad de su escencia”, porque el
inconsciente tiene la estructura de lenguaje “oculta bajo la apariencia
de una disposición consciente y lúcida de sí”.”...Lo reprimido pertenece
al orden del significante y los significantes inconscientes se
organizan en una red...” Lacan. Edit. Sudamericana, Buenos aires, 1.986,
p. 35.
8. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. En Escritos II, op. cit., p. 779.
9. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. En Escritos II, op. cit., p. 799.
10. Lacan, Jaques. Escritos I. op. cit., p. 482.
11. La noción importante del “punto de basta” o “punto de acolchado”, es
que los hilos que lo forman están de tal manera ubicados que cuando se
tira de uno, se tiran todos produciendo el acolchamiento.
12. Dor, Jöel. Introducción a la lectura de Lacan. Gedisa, Buenos Aires, 1986.
13. Lacan, Jacques. El Atolondrado, el Atolondradicho o las vueltas
dichas. Escansión N° 1, 1984. 14. “En primera instancia, encontramos el
universo de la palabra que es el de la subjetividad. (...) el sujeto se
sirve de la palabra y del discurso para “representarse” él mismo, tal
como quiere verse, tal como llama al “otro” a verificarlo. Su discurso
es llamado y recurso, solicitación a veces vehemente del otro a través
del discurso en que se plantea desesperadamente, recurso a menudo
mentiroso al otro para individualizarse ante sus propios ojos. (...) De
modo que aquí el lenguaje es utilizado como palabra, convertido en esta
expresión de la subjetividad apremiante elusiva que toma la condición
del diálogo.” Benveniste, Émile. Problemas de Lingüística general. Siglo
XXI, México, 1971, p. 77.
15. Subversión del sujeto... op. cit., p. 784, y ss.
16. Muchos estudiosos de la obra de Lacan alertan que en este punto
Lacan utiliza la palabra francesa boucle, que aunque quiere decir
“cerrar”, en sentido estricto quiere decir: “cerrar en forma de bucle”.
17. Es interesante como Lacan analiza con intensidad las palabras que
utiliza. Más abajo aclara: “Pero también añadiendo que el deseo del
hombre es el deseo del Otro, donde el “de” da la determinación llamada
por los gramáticos subjetiva, a saber la de que en cuanto Otro como
desea (lo cual da el verdadero alcance de la pasión humana).” (Escritos
II. op. cit., p. 794) Si nos detenemos en las dos frases que, parecen
equivalentes: “el inconsciente es el discurso del Otro” y “el deseo del
hombre es el deseo del Otro”, encontramos, que ambas frases no son
iguales. En la primera el “de” funciona objetivamente, como en la frase:
“El temor de la muerte” (Esbozo para una nueva Gramática de la Lengua
Castellana), en la segunda el “de” funciona subjetivamente como en: “las
quejas del desdichado” (Esbozo...), que viene a ser que “... Otro es
que el sujeto desea. Nadie es yo en el deseo”. (Eidelsztein, Alfredo. El
grafo del deseo. Manantial, Buenos Aires, 1995.)
18. “ (...) A Autre, Otro, es el lugar del tesoro del significante, lo
cual no quiere decir del código, pues no es que se conserve en él la
correspondencia unívoca de un signo con algo, sino que el significante
no se constituye sino de una reunión sincrónica y numerable donde
ninguno se sostiene sino por el principio de su oposición a cada uno de
los otros”. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo. Escritos II.
op. cit., p. 785.
19. Paz, Octavio. La Poesía en: Libertad bajo palabra. Cátedra, Madrid, 1.988, p. 163.
20. La utilización de los modelos de la llamada Teoría de la
Comunicación puede resultar fructífera para el psicoanálisis, pero
también ayudar a confundir sus problemas. Lacan nos recuerda que el
modelo de la Teoría de la Comunicación linda con una concepción
meramente instrumental del lenguaje. En la Teoría de la Comunicación, o
el sujeto de la emisión se disuelve definitivamente en el código o
aparece con el semblante de un emisor que manipula los mensajes que
emite. El emisor, para Lacan, no emite el mensaje que recibe un
receptor, sino exactamente al revés: el emisor recibe su propio mensaje
invertido del receptor. El lapsus, no sería sino eso, el sujeto estaría
tratando de “decirse” algo a quien lo escucha. Un sujeto que emite un
mensaje, en realidad “se emite”, cabría decirlo.
21. Este uso de un “álgebra lacaniana” no es gratuito, obedece a un
mejor manejo de las herramientas conceptuales. Piénsese en una operación
como la suma realizada en notación romana comparada con una suma en
notación arábiga.
22. Esta idea de leer como sanción del lenguaje resultará importante
luego, cuando ampliemos estas nociones articulándola con la noción de
lectura en la Literatura. Aquí también se articula una pregunta que nos
viene al encuentro: ¿Existe un Otro más acá del Otro del lenguaje que
sea el Otro de la Literatura? Si existe ¿Cuál es, cómo se estructura
–suponiendo que es una estructura–, qué discurso lo refiere? Preguntas
suspendidas por ahora, pero que deberán ser contestadas más tarde.
23. Dör, Joel. op. cit., p. 131.
24. Lacan, J. Posición del inconsciente, en Escritos II. op. cit., p.814.
25. ¿Alienará también a la Literatura, ya que tal alienación se da en y
por el lenguaje? En tal caso, ¿la lectura en la Literatura se
convertiría en un desciframiento de la escritura como jeroglífico?
26. La ciencia y la verdad. Escritos II op. cit., p. 837.
27. Milner, Jean-Claude. La obra clara, Manantial, Buenos Aires, 1996. P. 35.
28. La ciencia y la verdad. En Escritos II. op. cit., p.854.
29. Milner, Jean-Claude. op. cit., p. 36.
30. El Seminario XX. AUN. Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 171.
31. Palabras que Lacan utiliza muchas veces cuando se refiere al hallazgo del sujeto por la técnica psicoanalítica.
32. Milner, op. cit., p.150.
33. Si entendemos por “aplicar” el Psicoanálisis a la Literatura como un
diálogo, entonces deberíamos leer ese diálogo en clave lacaniana como
un mensaje invertido que llega desde la Literatura, como cuando Oscar
Massota entiende que el inconsciente está estructurado como poesía, o
como un chiste, pues el chiste, bien mirado, está estructurado como
poesía; así, la Literatura tiene mucho que enseñar al Psicoanálisis,
pero a condición de la prerrogativa teórica del Psicoanálisis.


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