¿Hacia una nueva subjetividad? El cuerpo, la salud, la tecnología
Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés
In/tempestivo
Comenzamos. Abruptamente. Pues sostendremos nuestras ideas sobre la nueva subjetividad de la época, en un texto de Juan Mayorga que utiliza fragmentos del pensamiento de Carl Schmitt, se trata del prólogo a la obra de teatro: «Shock 2 (La Tormenta y la Guerra)», escrita por Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga y dirigida por Andrés Lima. Nos sostendremos de ese breve ensayo, como una especie de declaración de principios del Psicoanálisis que, además, parece coincidir con los tiempos actuales, incluso, si lo pensamos de manera más detenida, se trata de lo que André Breton denominó azar objetivo, es decir: “la reunión de una causalidad externa con una finalidad interna”. El texto dice:
«Si usted cree que los humanos somos por naturaleza inofensivos o corregibles a través de la educación, su enemistad hacia mí no habrá dejado de crecer desde que tomé la palabra, me considera su enemigo porque en vez de habar con retórica conmovedora sobre nuestra inocencia natural o sobre nuestro progreso irreversible, proclamo que los seres humanos que conozco, empezando por mí y por usted, somos problemáticos, conflictivos, peligrosos, que respecto del ser humano hay que tomar distancia, que no todos podemos abrazarnos, me entenderá muy bien en cambio quien haya tenido cerca una guerra civil en la que se desvanecen las ilusiones con las que la mayoría gusta de engañarse, en una guerra civil no hay neutralidad posible, sé que lo que digo causa horror a la mayoría de los que me están entendiendo, sé que aquí y hoy estoy en minoría, yo no soy ningún burgués ni un romántico y usted seguramente burgués y quizá también romántico, me señala como inmoral para defenderse de mí, como mantengo siempre ante mis ojos la posibilidad de un enemigo, hablo con un realismo que le provoca angustia, le disgusta que le digan la verdad, lo único que quiere saber es a qué debe obedecer a cambio de ser protegido, usted no sabe si no llegará el momento en que le tocará ponerse un uniforme, quizá ya lo lleve puesto sin saberlo. Desde hace tiempo, cualquier guerra es una guerra mundial y una guerra civil y cada vez resulta más difícil reconocer la guerra de la paz, cada vez resulta más difícil reconocer las guerras, la economía y la técnica son capaces de las más violentas formas de coacción y de presentarlas como pacíficas, todos y todo, empezando por el discurso pacifista, podemos ser empleados en un drama amigo-enemigo, todos podemos estar a punto de entrar en guerra, la guerra es excepcional pero da a la normalidad su sentido, lo excepcional pone al descubierto qué es lo normal, lo que decide quien somos es siempre el caso límite, enemigo es el que me pone en trance conmigo mismo, el que me hace combatir conmigo mismo, el que me lleva más allá de mí, con él tengo una relación infinita, sólo me conozco en mi enemigo, mi enemigo es mi pregunta en cuanto forma, en la Divina Comedia, a los ángeles que se mantuvieron neutrales en el combate entre Dios y el diablo, el poeta les dedica todo su desprecio, ¿ha leído la Divina Comedia?, ¿por qué me mira así?, ¿tiene usted enemigos? Hay de quién no tenga enemigos, porque será mi enemigo en el juicio final.»
El cuerpo en Psicoanálisis
El cuerpo es mi primer enemigo, así lo supone el pensamiento gnóstico, para el que el cuerpo es un fastidio, el cuerpo es un lugar al que cuidar, alimentar, proteger, es el que nos descompone el día, queremos dormir, pero los ojos no responden, se quedan mirando las figuras que aparecen en la mente del insomne, queremos decir mucho al ser que amamos, pero la lengua se traba justo en el momento más decisivo, el cuerpo es un fastidio y es incontrolable.
El Psicoanálisis no va en sentido contrario a este saber de la época, al espíritu del tiempo actual, porque el saber de la época actual tiene los rasgos precisos de la Gnosis. En la contemporaneidad, el rechazo del cuerpo está disimulado por el cuidado del cuerpo y los cuidados se someten o se los entregan (ya que es un fastidio tener un cuerpo) a la técnica o a las pócimas de la salvación (recordemos que la palabra “salud” tiene origen en la palabra latina “salus” que quiere decir salvación). En la contemporaneidad, el cuerpo debe callar.
El Psicoanálisis, que cuenta y trabaja con los materiales de la época, hace un análisis de estos materiales y los traslada al consultorio para dar cuenta de los síntomas del sujeto y los síntomas del tiempo actual, es decir, la necesidad de que “el analista esté a la altura de la subjetividad de su época” (1) tal como afirma Jacques Lacan, es un imperativo ético central para el Psicoanálisis. La subjetividad de la época incluye los cambios en la relación con el propio cuerpo, el saber y el lazo social.
¿Por qué un psicoanalista se interesaría en el cuerpo cuando la práctica del psicoanálisis se centraliza en los dichos del analizando, en su palabra? En el consultorio del psicoanalista queda suspendida cualquier manipulación del cuerpo en favor de la palabra, sin embargo, se detecta, en la escucha psicoanalítica, que el cuerpo tiene un lugar central (el “cuerpo” tal como lo entiende el Psicoanálisis, ya lo veremos) en el análisis, concentra un interés especial para el analizante, un motivo de preocupación, de queja, de satisfacción, de sufrimiento, es esto que lo lleva a hablar. El analizante trae un/su cuerpo para hablar desde él y sobre él.
Podríamos hacer una lista del modo en que se habla del cuerpo, utilizando las estructuras clínicas del psicoanálisis:
· Habla el cuerpo de la histeria, habla que inició el Psicoanálisis.
· Habla el cuerpo del obsesivo, que hace todo para mortificarlo.
· Habla el cuerpo del fóbico, que persigue todos sus temores.
· Habla el cuerpo de la anorexia, habla de un cuerpo que le sobra.
· Habla el cuerpo de la psicosis, en un silencio absoluto.
· Habla el cuerpo del adolescente, que lo perfora o lo tatúa.
· Habla el cuerpo de la publicidad, que lo exhibe y vende.
· Habla el cuerpo del drogadicto que lo estimula y obtura.
· Habla el cuerpo del deportista, que lo ejercita hasta el dolor.
Disponer del cuerpo, no es tan sencillo. Para el Psicoanálisis las cosas son más complejas, puesto que el cuerpo no se obtiene de entrada, al nacer. No disponemos de nuestro cuerpo, el cuerpo va por su cuenta, cuando nos equivocamos, cuando nos reímos sin quererlo y ofendemos así al Otro o creemos hacerlo, cuando lloramos después de haber prometido que nunca lo haríamos, cuando nuestro cuerpo no responde como esperábamos, cuando no nos reconocemos en el espejo o en una fotografía.
La experiencia analítica desvela que mi cuerpo y yo (je) nos miramos como siendo otros, sin tener la menor idea de lo que la envoltura del cuerpo contiene, es imposible reconocernos en una radiografía. El cuerpo se ha transformado en un enigma. El cuerpo de la medicina no es el cuerpo del Psicoanálisis.
Para el Psicoanálisis, lo que retemos del propio cuerpo es su imagen, el psicoanalista francés Jacques Lacan reconoció que el cuerpo propio adquiere forma con lo visual, a eso lo llamó el “estadio del espejo”, con el que reinterpretó el narcisismo freudiano, el amor a sí mismo, el amor a la imagen de sí mismo, Lacan hizo de esta imagen del propio cuerpo, el origen del yo (je), definiéndolo como: ”la idea de mí mismo como cuerpo”, la imagen especular es un intento por asegurar el cuerpo como totalidad, donde el soporte simbólico está representado por el espejo.
La clave del estadio del espejo, tal como lo formuló Lacan, no está en considerarlo un paso evolutivo, sino en la constatación de que hay dos lugares para el que mira el espejo: uno, de este lado del espejo, un enigma, un cuerpo desarticulado; del otro, una imagen plana, sin cuerpo, frente a la cual, se me dice: “soy yo”. Mi cuerpo y yo somos dos, porque mi cuerpo siempre es Otro para mí, nunca nos pertenece del todo.
Arreglárselas con el cuerpo, tener un cuerpo, es el resultado de un trabajo de construcción que comienza con el estadio del espejo y muchas veces no finaliza sin un análisis que le da a un sujeto las herramientas para saber hacer con su cuerpo en sus distintas dimensiones, como imagen y como goce, como la buena forma y como lo desarticulado.
La salud mental
La salud mental es una preocupación moderna, pertenece al espíritu del tiempo actual, está relacionada con los derechos humanos, no estaba presente antes de la revolución francesa, puesto que en la época anterior era el cuerpo del rey y su salud quien sostenía a la comunidad.
Una de las definiciones más condensadas de salud mental lo da el psicoanalista Jacques-Alain Miller: “la salud mental es la paz social”, es decir, es el estado que nos permite mantenernos, frente a los otros, con cierta paz. Desde temprano Freud viene a indicarnos en: “El Malestar en la Cultura”, escrito en 1930, que lo que produce el psicoanálisis es un saber sobre lo que falla, sobre el fracaso, sobre el sufrimiento del síntoma, por eso es muy difícil hablar, desde el Psicoanálisis, de la salud y, por extensión, de la salud mental, el Psicoanálisis descubrió que hay un saber que se revela a través de lo que falla, de lo que fracasa, del síntoma, el Psicoanálisis no promete ninguna salvación, ninguna salud, ninguna calidad de vida, más bien una calidad de malestar y una manera de hacer algo con ese malestar.
Lacan, sigue un poco más allá de Freud, lo actualiza y observa el malestar de la cultura actual. Este es el tiempo del mandato globalizado del éxito. Los significantes-amo: “hay que tener éxito”, el ¡goza! como mandato, gobiernan el mundo mundial, por medio del “software social” han logrado lo que jamás consiguió religión alguna: que todos participemos de la Gran Cultura, el malestar de la época consiste en no poder gozar siempre, como el amo del mercado manda. Los medios masivos se encargan constantemente de hacernos saber qué nos falta para conseguir el éxito, nos los dan como recetas, así el fracaso sólo está en no conseguir el último “gadget”. El discurso del mercado globalizado segrega al sujeto, lo transforma en un objeto pasivo de manipulación, de ese modo al sujeto únicamente le queda dirigirse al saber de la ciencia para pedirle los objetos técnicos que le falta para taponar su deseo y toda pregunta sobre el ser. Sujeto narcisista, ha transformado su imagen en objeto, es el nacimiento de la autorreferencia y de la autoexplotación.
El cientificismo de la época
La técnica, en su inicio, fue la elaboración de instrumentos y herramientas que permitían al ser humano entablar un dialogo productivo con su entorno, el objeto técnico venía como ayuda para conocer, comenzaron como prótesis del ser humano, para ver más lejos o para ver organismos muy pequeños, para entablar conversaciones salvando distancias muy largas, también para matarnos mejor con las armas, pero luego la técnica devino autónoma, autopoyética, ilimitada. El “gadget”, el aparato, el dispositivo, el artefacto, como objeto inútil, pero que todos quieren conseguir, es el ejemplo paradigmático de la fascinación por su funcionalidad, ayudan a crear una ilusión de autosuficiencia y de dominio.
La técnica, en esta época, es la encargada de elaborar objetos para consumo. Aparejado con este deslumbramiento de la técnica, está la ciencia como horizonte contemporáneo, nada que se diga serio puede escapar a ser considerado “científico” y, sin embargo, el significante mismo “científico” funciona como un gadget, así se puede dividir todo en hechos “científicos” y los demás. Sin embargo, la ciencia se ha subordinado a la técnica, la técnica le impone los derroteros de la investigación, así el avance científico ahora tiene que ver más con el nuevo horizonte del espíritu que el tiempo actual impone, es decir, con la concentración en un solo dispositivo, la Inteligencia Artificial es eso, la concentración de toda la información y la disponibilidad de control, la atención dispersa y siempre cambiante. La IA eleva al cenit del saber lo que más se repite, hay una paradoja fundamental aquí: en un solo dispositivo se encuentran los estímulos más variados y diversos.
Se lee en “South China Morning Post”, un periódico chino en línea, que existe una creciente tendencia en los jóvenes en China que atraviesan rupturas sentimentales, a crear réplicas digitales de sus exparejas utilizando inteligencia artificial. Estos ex creados por IA pueden imitar el tono de voz, las frases características e incluso los matices lingüísticos más sutiles de su expareja. Lo más llamativo es que algunos psiquiatras y psicólogos consideran esto como un enfoque novedoso de sanación emocional. La salud emocional también va sujetándose al dispositivo único: la IA.
La nueva subjetividad
Hay muchas razones para creer que el ser humano y el instrumento constituyen dos fenómenos indisolublemente unidos y que, si bien ha sido necesario el Hombre para crear el instrumento, es sólo creándolo como ha llegado a ser lo que es. Todo lo que hay en el ser humano y que se puede considerar lo más característico de su condición, se relaciona de una u otra manera con el empleo de instrumentos.
Las utilidades que poseen los diversos instrumentos que él ha creado son así las únicas clases inventadas por el hombre. Ellas determinan la única organización del universo que no posee otro fundamento que el ser humano mismo y, en consecuencia, es sólo en la medida en que el universo es concebido a través de dichas clases que lo es de manera totalmente humana.
Dadas estas condiciones, el espíritu de la época actual ha creado una nueva subjetividad, la del sujeto concentrado en un solo dispositivo y con su atención dispersa. Esto nos lleva a ese interrogante inmemorial, nos dice el filósofo Pierre Legendre, “¿en nombre de qué se puede vivir? O sea ¿por qué vivir? Sí ¿por qué?”. Ninguna sociedad puede liquidar este “¿por qué?”, que es la marca de lo humano y sin embargo en la época actual, esto está en entredicho, demasiados seguros por tener el dispositivo en la mano, demasiados seguros de lo que nos proporciona el gadget, la capacidad de preguntar se ha derrumbado y este derrumbe es tan impresionante como sus victorias científicas y técnicas. El miedo a pensar fuera de toda consigna ha hecho de la libertad, una prisión.
Alegría y felicidad
«¡Alabado sea ese salvaje, bueno, libre espíritu de tempestad, que baila sobre las ciénagas y las tribulaciones como si fueran prados!» Esta frase del “Así hablaba Zaratustra” de Nietzsche, opone la alegría a la felicidad. La felicidad es la gratuidad de lo que nos propone el horizonte actual y cambia con los vaivenes del mercado, es el disfrute del consumo, si alguien se siente mal por haber roto una relación sentimental ayuda ir de compras o acudir a la pantalla brillante del móvil, así el hiperconsumo se utiliza como terapia, la felicidad adquiere un fin utilitarista y pasivo.
El hiperconsumo, característico de nuestra época, también toca al campo de la salud, los gastos en salud así lo demuestran, todo puede hoy ser medicalizado. Mientras la felicidad busca la comodidad y la ausencia de dolor, la alegría es una afirmación de la vida, incluyendo el sufrimiento. Es el amor fati, la aceptación alegre del propio destino, amar cada decisión y el dolor como parte necesaria de la existencia.
La visión de Lacan sobre el fin de un análisis —"atravesar la fantasía" y "no ceder en su deseo" (ne pas céder sur son désir)— guarda una gran similitud con el proceso de convertirse en el Übermensch nietzscheano, el hombre que se sostiene de un saber alegre. Tanto Lacan como Nietzsche consideran el enfrentamiento del individuo con su propia verdad (por trágica que sea), el dejar caer las identificaciones impuestas por las normas sociales, como una forma de "heroísmo".
Un heroísmo necesario ahora para afrontar la actual situación de cambio radical del mundo globalizado, hace pocas semanas, el 18 de abril, Palantir, la compañía que diseñó le inteligencia artificial Claude y después la que se considera la IA más peligrosa: Mythos, publicó 22 tesis que, al leerlas, constatamos, una vez más, que la salud mental, como paz social, está alejándose a pasos acelerados.

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